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Definen a la adolescencia como el momento de mayor lucidez lectora

La adolescencia es «el momento en el cual somos el mejor lector que podamos ser en nuestra vida», dice Pablo Ramos, prolí­fico escritor y autor de «El sueño de los murciélagos», novela recientemente reeditada y circunscripta al género juvenil por cuestiones «ajenas al escritor», que con este regreso supera etiquetas libreras y alcanza bateas para lectores jóvenes y adultos.

En el libro publicado por Alfaguara, Ramos recupera valores de infancia en un escenario extinto -permeado por la última dictadura argentina y las luchas de los años 70- donde un grupo de amigos trata salvar el trabajo de sus padres: el taller de Angel, amenazado por la importación de bobinas; y el colectivo de Lalo, absorbido por la empresa para la que trabaja.

Se trata Alejandro, Percha, Rata, el Chino, Tumbeta, Carlón, Marisa y Gabriel, quienes delinean los ví­­nculos familiares y de amistad que dan forma a la novela donde el escritor se “propone rescatar lo que queda” y “elegir el camino correcto”.

“Este texto busca y encuentra el momento en el cual se definió mi moral de manera definitiva, habla de lo que está bien y de lo que está mal para mí­”, señala el autor de “El origen de la tristeza”, la primera novela donde aparece este grupo de amigos, la cual abre la trilogí­a compuesta por “La ley de la ferocidad” y “En cinco minutos levántate Marí­a”.

En esa trilogí­a el protagonista, Gabriel, dice, “no busco consuelo, busco entender que la vida pende de un hilo, pero que si ese hilo aguanta qué importa que penda de un hilo”, una percepción que atraviesa la literatura de Ramos y se instala en “El sueño de los murciélagos”.

En este libro, Gabriel, el Gavilán, enfrenta la crisis del taller mecánico de su padre siguiendo el consejo de sus amigos: consulta a una bruja del barrio que lo manda a derramar la sangre de un murciélago albino sobre la tumba de un santo para resolver el conflicto.

Se trata de la misma historia que le cuenta Gabriel a sus sobrinos para que se duerman en “La ley de la ferocidad”, a la vez, una metáfora de lo que significa narrar y parte de la historia del propio Ramos, el niño que aprendió con su madre a amar el cine, el joven que creció en Sarandí­ viendo a Arsenal rodeado de obreros, el hombre que espera ver en la pantalla grande la adaptación de “El origen de la tristeza” y el que conduce un programa en canal Encuentro.

¿Cómo definirí­a hoy, a seis años de su lanzamiento, la historia narrada en “La noche de los murciélagos”? “Como una fábula -dice Ramos -; como la moraleja de todo lo que pienso de la vida; como una reinvención de las personas que la inspiraron, más que un rescate”; como la intensión de “darles algo de lo que me dieron con intereses”.

La novela cuyo título está explicado en “La frí­a oscuridad del universo”, un cuento que publicó en el libro “El camino de la luna”, puede leerse en “en todas las edades -asegura su autor-, también en la adolescencia, que es el momento en el cual somos el mejor lector que podamos ser en nuestra vida”.

“Es que yo leo como cuando tení­a 16 años -machaca el creador de los cuentos escogidos para el libro “Un hilo de oro puro”-. Esa es la edad en la cual se entiende la literatura. Se entiende ahí­ o no se entiende nunca jamás”, sentencia.

“Y el joven que lee, lee y el que no que vaya a llorar a la iglesia”, afirma el coguionista de “Historia de un clan”, una miniserie televisiva sobre la familia Puccio, responsable del raid de secuestros más emblemático de la historia criminal argentina.

Sin embargo el fenómeno de las series, que convoca a gran parte de los jóvenes amantes de la lectura, “es algo sobre lo que nunca pensé ni voy a pensar sobre ese asunto”, dice Ramos: “Escribí­ confiado de que la mano de Luis Ortega iba a compaginar e iluminar la cosa. Y a la vista está. ‘Historia de un clan’ hecha luz sobre algo muy oscuro, es la expresión luminosa de la oscuridad de esa historia real”.

¿Cuál es el valor de la ficción en la actualidad entonces? “No lo sé , pero la buena ficción se hace realidad en la vida del buen lector”, se despide.
Fuente: Diario de Cultura

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