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El ajedrez y el inevitable avance del tiempo

Ya se sabe, lo único inevitable es el avance del tiempo. Pero a veces hay cuestiones que sobrepasan los límites del tablero y también, de la paciencia.

Hasta la primera mitad del siglo XIX, el ajedrez era un juego con ciertas reglas universales que basaba su espíritu competitivo a un tácito pacto entre caballeros; ante la ausencia de métodos de medición del tiempo de reflexión de los rivales, la demora para efectuar una jugada tenía por límites una implícita cuestión de honor: un ida y vuelta de tolerancia y respeto.

Algunos escritos aseguran que el maratónico match de 1834, entre el francés Louis Charles Mahé de La Bourdonnais y el irlandés Alexander Mc Donnell demandó más de cuatro meses de juego, para completar las 85 partidas previstas -con 45 triunfos del francés, 27 derrotas y 13 empates-, dado el tiempo de reflexión utilizado por los ajedrecistas. Al irlandés Mc Donnell se le contabilizaron demoras de hasta 90 minutos para efectuar una sola jugada.

Algunos años después, en 1843, la 21ª partida del enfrentamiento, entre el inglés Howard Staunton y el francés Pierre Charles Fournier de Saint Amant, en el Café de la Regence (en París) se extendió casi 15 horas para completar las 66 jugadas. A su término, la prensa especializada describió al juego como un duelo de resistencia física más que un match de ingenio.

Mucho más escandalosa resultó la actitud del inglés Staunton en el 1er Torneo Internacional de Londres 1851, que harto de las continuas y profundas reflexiones de su rival, su compatriota Eljah Williams, decidió abandonar la partida, no sin antes espetarle en el rostro: “no admito la lentitud de la mediocridad”. El silencioso juego pedía un cambio a gritos.

Fue entonces cuando el alemán Tassilo von der Lasa, propuso la medición del tiempo en el ajedrez; que los jugadores dispusieran de un tiempo limitado y controlado por relojes. Si bien el reloj de arena fue creado en el siglo III d.C, su ingreso al mundo del ajedrez se produjo en el match Anderssen- von Kolisch, en 1861; y un año después, hizo su debut en un torneo (Londres 1862) donde cada jugador dispuso de dos horas para efectuar 24 jugadas.

La mejora fue evidente, pero surgieron nuevos inconvenientes, cuando por distracciones del juego, los ajedrecistas daban vuelta accidentalmente el lado incorrecto del reloj de arena, o tomaban el de su rival en lugar del propio. Por eso, recién en 1868 se utilizó un reloj mecánico (un artefacto que trabajaba sobre la base de un péndulo) en el match Anderssen vs. Steinitz, y dos años después, en un torneo (Baden Baden 1870); el 1er torneo internacional que se disputó en Alemania, y que ganó Anderssen.

Fue necesario aguardar hasta 1880, para que Thomas Bright Wilson creara el primer doble reloj mecánico, denominado “volteretas” (en inglés, “tumbling”) especialmente diseñado para jugar ajedrez. Consistía de dos relojes colocados en los extremos de un balancín. Cuando uno de los jugadores realizaba su jugada, movía el reloj a una posición donde detenía su péndulo y accionaba el de su rival. Se lo utilizó en el torneo de Londres 1883, que ganó el inglés Johannes Zukertort.

A fines del siglo XX, los relojes digitales relegaron el uso de los relojes con aguja. Y tiempo después se perfeccionaron con el agregado de tiempo adicional (método Fischer). Es que tras su regreso al ajedrez en 1992, el genial ajedrecista norteamericano presentó el nuevo reloj digital que adicionaba (agregaba) segundos a los ajedrecistas tras cada movimiento; una revolución para el juego. Enseguida la novedad fue adoptada por la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) y en todos los certámenes oficiales se utilizaron ese método de medición con relojes digitales.

Los avances tecnológicos en el siglo XXI permiten que aplicaciones que pueden bajarse gratuitamente desde internet conviertan a nuestro iPhone, iPad, Tablet o celular en un reloj de ajedrez. Todo un ingenio; un verdadero jaque mate al tiempo.
Fuente: Diario de Cultura

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