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¿En qué consiste la amistad en la era de las redes sociales?

Vivimos en la era de las paradojas. No nos desprendemos de un dispositivo que trae el mundo a la palma de la mano, pero corremos detrás de las obligaciones y las cosas. Estamos comunicados con nuestros semejantes como nunca antes, pero pasamos cada vez más tiempo ensimismados ante una pantalla que exige nuestra atención. Para definir la época podríamos invertir el lema de Mies van der Rohe, el arquitecto de la Bauhaus, y decir: más es menos.

Eso pensé cuando escuché en la radio a una maestra que describía la relación que los chicos de primaria establecen con sus celulares. En lugar de salir corriendo juntos detrás de una pelota, cuando los despachan al recreo cada cual enciende su teléfono. El patio se ha convertido en un lugar silencioso. Algo parecido pasa en las habitaciones. Una madre joven contaba que cuando su hijo invita amigos, se sienta cada uno frente a su pantalla y se trenzan en largos juegos en red de los que participan dos o tres compañeros más… desde sus respectivas casas.

¿Estos chicos juegan solos o juntos? ¿Qué lazos de amistad genera esa relación mediatizada por la tecnología que apagó la algarabía en los recreos y los cuartos de adolescentes? Esos contactos virtuales quizá representen la versión siglo XXI de las figuritas, los juegos de mesa y las charlas sin objeto de una época en la que el tiempo se medía de otra forma. La tecnología revolucionó el modo en que nos comunicamos y está transformando la cultura. ¿Acaso está cambiando también aquello que entendemos por amistad?

Según la Real Academia Española, amistad es el “afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. Afecto, desinterés y trato pueden existir en las relaciones que se establecen en la Web, claro: también nacen y se desarrollan amistades en ese medio ingrávido y desmaterializado. Sin embargo, la primera acepción de la palabra amistad que ofrece el diccionario parece enfrentada a la idea de amigo que promueven las redes sociales. Descartado el trato presencial, la velocidad de las comunicaciones online conspira además contra los encuentros sin propósito, terreno donde la amistad prospera. Por otra parte, la amistad supone desprendimiento y entrega, pero las redes tienden a funcionar, por el uso que hacemos de ellas, como herramientas de marketing de la persona convertida en marca. En estos casos, sumar “amigos” y “seguidores” es volverse más popular y tener entonces la posibilidad de seguir sumando otros. En el reino de la cantidad, tener más “amigos” es cotizar más alto.

“Hay en las redes un uso bastardo de la palabra amigo que está al servicio del narcisismo virtual -dice la antropóloga Ana María Llamazares-. Se coleccionan ‘amigos’ y ‘me gusta’ para alimentar el ego o sentirse queridos. Para llenar vacíos. La tecnología ha impuesto una cultura relacionada con la velocidad, la superficialidad y la cantidad. Esto a primera vista conspira contra la profundidad de los vínculos, en los que no interesa la cantidad sino la calidad, y que requieren de tiempo para ser cultivados”.

Sin pensar en un rédito
Dice Tzvetan Todorov en ¡El arte o la vida!: “Según los antiguos, en la amistad apreciamos a los amigos sin pensar en un rédito a obtener, sino que los amamos por ellos mismos y no por nosotros”. En un sistema que nos quiere consumidores, la amistad verdadera, aquella que nace de sintonías profundas y no busca otra ganancia que la sola compañía, quizá sea un acto de resistencia. Y una defensa del ser, que necesita de la cercanía de seres afines para afirmarse.

Sin dejar de ser reconocido como alguien distinto, el amigo es la prolongación de uno mismo. Sobre todo durante la adolescencia y los años de búsqueda, en los que se fragua la personalidad. Esta idea ha sido frecuentada por muchos escritores, pero quizá ninguno lo dijo de modo tan sencillo como Cesare Pavese. “Teníamos entonces esa edad en que se escucha hablar a un amigo como si hablásemos nosotros, en que se vive entre dos esa vida común que todavía hoy yo, que soy soltero, creo que consiguen vivir ciertas parejas casadas”, escribió el autor italiano en su novela La playa.

Parte de nosotros vive en las amistades de la infancia, a las que vimos crecer y madurar y hacerse de una vida que de algún modo es también, a lo largo de los años, espejo de la propia. El destino de estos amigos es en parte el nuestro y nos vemos reflejados en las diferencias porque nos completan. “Cada amigo es dueño de una gaveta de nuestro ser, de la cual solo él tiene la llave e, ido el amigo, la gaveta queda para siempre cerrada -escribió el peruano Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas-. Alejarse de los amigos es así clausurar parte de nuestro ser. Yo hubiera sido diferente si hubiera continuado frecuentando a ciertos amigos de mi juventud. Pero las circunstancias nos separaron y continuamos viajando cada cual por su lado y por ello mismo mutilados”.

Miguel Espeche, psicólogo, lo dice de otro modo: “Cuando te peleás con un amigo te queda el hueco de la herida, te falta un pedazo”.

-¿Qué es la amistad?

Lo piensa.

-Un tramo de tu alma es compartido con alguien a quien llamás amigo -describe.

Para Espeche, la amistad en esencia no ha cambiado. “Bien usadas, las redes son formas de vincularse -señala-. Los grupos de WhatsApp, por ejemplo. Es como si sus miembros fueran habitantes del mismo pueblo. Skype permite prolongar el vínculo entre dos amigos cuando aparece la distancia. La amistad se sigue rigiendo por las mismas leyes, pero se han agregado nuevas instancias que complejizan las relaciones”.

De todos modos, el encuentro presencial es insustituible. De tanto mirar pantallas, empieza a haber dificultad de mirar a los ojos, algo imprescindible en la amistad y el amor. Sin embargo, dice Espeche, se nos enseña que el miedo es la mejor vacuna contra los males de este mundo. Hoy el otro ha llegado a representar una amenaza y por eso ponemos distancia. “Hay gente que se siente acompañada gracias a sus amigos virtuales, aunque esté muy sola. Esa clase de vínculos tiene entidad, pero hay que tener cuidado de que el mundo virtual no nos haga vivir una vida virtual”.

En la era de las redes, estamos solos. Y en la soledad, buscamos amigos. En un mundo marcado por la velocidad de los intercambios y la ilusión de que siempre se puede ir por más, los vínculos electivos como el de la amistad han ganado terreno respecto de los marcados por la tradición o la sangre. Hoy se busca en el grupo de amigos el sentido de pertenencia que antes ofrecía la familia. “Esto va de la mano del crecimiento de la soledad en la sociedad actual -dice Ana Llamazares-. Ante el debilitamiento de la familia, ante lo conflictivas que a veces resultan las relaciones de pareja, cada vez más los amigos son el soporte emocional de la vida. Los que viven solos se apoyan en ellos. Para muchos, el domingo ya no es el día de la familia, sino el de los amigos”.

Pero ¿cómo hacer amigos sólidos en una sociedad donde todo fluye? En su libro Vida líquida, el sociólogo Zygmunt Bauman se detiene en esta paradoja: “En un escenario líquido, de flujo rápido e impredecible, necesitamos más que nunca lazos firmes y fiables de amistad y confianza mutua. A fin de cuentas, los amigos son personas con cuya comprensión y ayuda podemos contar en caso de que tropecemos y caigamos, y, en el mundo en que vivimos, ni los surfistas más veloces ni los patinadores más ágiles están asegurados ante tal eventualidad. Pero, por otra parte, esos mismos contextos líquidos favorecen a quienes viajan ligeros de equipaje: si las condiciones cambian y obligan a moverse con rapidez para comenzar de nuevo desde cero, los compromisos a largo plazo y los lazos de los que resulte difícil desligarse pueden suponer una pesada carga, un lastre que debe ser arrojado por la borda”. Esta contradicción, según Bauman, es fuente de desasosiego y ansiedad.

El remanso del café
¿Y el tiempo? Sin tiempo disponible, no hay modo de que pueda darse ese “trato” en el que la amistad nace y se fortalece. Hoy ofrendamos la mayor parte del tiempo, sino todo, al altar de la productividad y el provecho. Muchas veces no hay alternativa. Es el ritmo que impone el trabajo en la sociedad de la hipercomunicación. Los amigos quedan relegados detrás de los compromisos y las responsabilidades. De las decenas de contactos y llamadas a las que tenemos que responder. Su momento, su tiempo, nunca llega. Porque el amigo no es jamás -ni debe serlo- una obligación.

Sin embargo, en medio de las urbes insomnes existen reductos donde se refugia el tiempo humano, el de la amistad. Los porteños los conocemos bien. En el bar, en el café, todavía es posible ver a los amigos desligados de todo otro fin que no sea el simple estar juntos. Más que la charla, si existe, lo que importa allí es la mutua compañía, ese aquí y ahora que no tiene ulterioridad, porque el único rédito que nos llevaremos de ese encuentro son los minutos o las horas compartidas.

Esa finta al tiempo de la máquina, ese café que se prolonga ad infinitum, nuestra indolente inclinación a la improductividad, quizá sean signos del modo en que los argentinos vivimos la amistad. Que tenemos un don especial para hacer amistades duraderas nos lo señaló un periodista norteamericano, Brian Winter, que escribió un artículo conmovedor tras el trágico atentado en Nueva York en el que perdieron la vida cinco de los amigos del Politécnico de Rosario que habían viajado a Estados Unidos a celebrar los 30 años de su graduación. “El talento nacional para forjar camaradería que dure toda la vida es seguramente lo mejor de la Argentina”, escribió Winter, dolido por el hecho.

En 2000, con 22 años, Winter había recalado en Buenos Aires y pasaba los días solo, leyendo a Borges, Arlt y Mafalda, hasta que conoció a una docena de chicos de Temperley que hacían todo juntos. Lo integraron al grupo y eso lo salvó. Por la fuerza de sus lazos, supo que esos amigos seguirían unidos incluso después de los casamientos, los hijos y las carreras profesionales. Y así ocurrió. “Es un milagro que no se haya perdido eso con la tecnología -dijo Winter en una entrevista-. En Estados Unidos los chicos se reúnen cada vez menos con sus amigos”. Lo explicó así: “El sueño americano es tener una casa propia, con dos autos en el garage; el sueño argentino es tener un grupo de 10 amigos para comer un asado el sábado a mediodía”.

No era aquella una amistad banal. Había humor, chistes internos, pero esos amigos de Temperley -cuenta Winter- eran honestos y directos a la hora de hablar entre ellos de sus problemas. Esa es quizá la marca de la amistad: la sinceridad. Entre amigos, la verdad es esencial. Según Ralph Waldo Emerson, un amigo es alguien ante quien puedo pensar en voz alta. En soledad, afirmó el filósofo trascendentalista, todo hombre es sincero. Cuando entra una segunda persona al cuadro, llega la hipocresía. Mantenemos la distancia con cumplidos, chismes, comentarios. Escondemos lo que pensamos. “Ante un amigo estoy en presencia de alguien tan real e igual a mí que puedo desprenderme incluso de esos restos de cortesía, disimulo y segundos pensamientos a los que jamás renunciamos, y tratar con él con la simplicidad y la plenitud con la que un átomo se encuentra con otro”, escribió en sus Ensayos.

Equilibrios
Puede que la velocidad de la sociedad tecnológica conspire contra la amistad tal como la conocíamos. Puede que la cantidad de contactos virtuales que tenemos a diario reste espacio para el trato cara a cara. Puede que mientras veneramos la cantidad se pierda calidad. Sin embargo, la cuestión no son las redes ni la Web, sino el uso que hacemos de ellas. “Yo tengo a parte de mi familia en Europa -comenta Ana Llamazares- y no sé qué haría si me faltaran Skype y WhatsApp para comunicarme”. Miguel Espeche tiene en las redes un grupo con sus excompañeros de colegio. Allí, estos amigos de toda la vida que terminaron el colegio hace unos 40 años están planificando hacer juntos el Camino de Santiago. La cuestión, acaso, es el equilibrio entre la vida a la intemperie y la virtual.

Mientras pensaba en esta nota, recibí el último CD de Carlos Aguirre, Calma. En elbooklet de este disco maravilloso, el pianista entrerriano cuenta que se trata de música que compuso imaginando el universo de un trío, ensayada luego con dos queridos amigos (Fernando Silva y Luciano Cuviello) cuya inspiración dio vuelo a aquellos bocetos. “Temas nuevos -escribe- que fueron viniendo mientras seguíamos explorando la química de sonar juntos”. Esa frase fue una revelación. Había allí otra gran definición de la amistad: explorar la química de sonar juntos.

“Me encanta esa posibilidad de sonar juntos. Y lo pienso así no solo con mis amigos músicos -dice Aguirre-. Somos energía, vibración. Resonamos los unos con los otros. Y claro, con los amigos hay mayor resonancia porque vamos construyendo un código en la cotidianidad, una forma de leer el momento en que vivimos”.

Hacer música con amigos es una suerte, dice Aguirre. Y cuenta que cada cosa que hacen juntos acaba tomando cuerpo en el sonido. “Compartimos atardeceres a la orilla del río en mi barrio, largas charlas, lecturas. Ensayar es todo eso, un cúmulo de experiencias que nos acerca y nos afina como grupo humano. Esa sinergia que se produce al andar el mismo camino desemboca en un resultado musical en el que estamos todos representados. Todos somos parte de esa vibración”.

Con los amigos, afinamos. Hacemos música. Aunque no lo sepamos.

Fuente: Diario de Cultura

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