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Enseñar a escribir, un arte difícil

Contra la idea romántica del escritor «Iluminado». Más allá de las fórmulas reduccionistas, nadie puede indicarle a otro cómo convertirse en William Faulkner (imagen), pero sí es posible defender la transmisión y el aprendizaje de nociones y técnicas relacionadas con la creación literaria.

¿Se puede enseñar a escribir? La pregunta sigue siendo válida, en países como la Argentina -en América Latina en general-, cuando todavía persiste la idea romántica e ingenua de que el escritor es un iluminado, alguien que de algún modo se sitúa fuera del mundo. La imagen es menos inocente de lo que parece: está alimentada por decenas de escritores que cuidan su pequeño espacio y que pretenden convencernos de que lo que tienen ellos -estrellas de las sobremesas con amigos ferreteros, psicoanalistas o comerciantes- es algo único, algo que sólo unos pocos elegidos poseen. Desde luego, nadie puede enseñarle a otro a ser William Faulkner o Clarice Lispector, así como tampoco es posible -por fortuna- traducir a una fórmula los hallazgos poéticos de Miles Davis o Francis Bacon. Las fórmulas existen, para qué negarlo, y son detestables y pobres. Pero lo que sí es posible defender es el aprendizaje, la transmisión. En el hemisferio Norte es algo que se ha asumido hace décadas, aun cuando ello decante en una a veces confusa o excesivamente programática profesionalización del oficio del escritor. Mucho antes que eso, la posibilidad de enseñar y aprender nos aleja de la mitificación mezquina y burda, al margen de ese terreno pantanoso -para algunos una angustia innecesaria- que son los criterios de evaluación. Hemos escuchado hasta el cansancio el sofisma de que Borges o Hemingway no fueron a ningún taller literario. Una realidad sesgada, porque lo cierto es que sí tuvieron maestros, aun cuando ese vínculo no estuviese formalizado. Y más cerca en el tiempo, autores extraordinarios como Raymond Carver o Marcelo Cohen atravesaron algún tipo de tutoría o acompañamiento en su desarrollo inicial como escritores. El talento existe, y dolorosamente no es transmisible, pero en demasiados casos no llega a manifestarse en plenitud por diferentes razones, entre otras la falta de perspectiva. Habrá que esperar unos años, tal vez, para comprobar cuáles de las obras rescatables que dé la literatura latinoamericana del futuro próximo deben algo a la enseñanza más o menos formal de los diversos y todavía muy jóvenes programas de escritura.

Para quienes asistimos al Primer Encuentro de Programas de Creación Literaria y Escritura Creativa de las Américas, que se llevó a cabo en Bogotá algunas semanas atrás, el hecho de que se celebrase en la capital de Colombia guardaba absoluta lógica. Bogotá había sido, al margen de los miles de talleres literarios que superpoblaban el subcontinente entero, el primer intento serio de construir un aprendizaje estructurado en Sudamérica, acercándolo a la universidad. En ese sentido, el aire que se respiró en Bogotá durante aquellos días lucía saludablemente enrarecido, aun para quienes estábamos familiarizados en Buenos Aires con experiencias como la pionera Casa de Letras -que está por cumplir una década- o la más reciente maestría creada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Más de 500 inscriptos en el Encuentro, mesas redondas o conversatorios a las ocho de la mañana a veces atiborrados de gente, pequeñas multitudes que se trasladaban de un espacio a otro con una avidez que no dejaba de sorprender. Sin embargo había, al mismo tiempo, una fervorosa familiaridad; era el primer encuentro de este tipo, pero para la mayoría era un paso previsible, consecuencia natural de lo que venía ocurriendo, de lo que estudiaban y proyectaban para sus vidas.

Hay que decir que, con todo, el encuentro no empezó demasiado bien: el invitado estrella, Mario Bellatín, brilló por su ausencia. Quién sabe si de verdad para mal, porque en su reemplazo hubo una mesa en la que se discutieron cuestiones sin duda bastante más sustanciosas que los habituales fuegos de artificio del mexicano, y en particular, pudimos disfrutar de la oratoria brillante de Roberto Burgos Cantor, uno de los escritores centrales de la Colombia de hoy, además de una de las cabezas organizativas del evento. Con su tono apocado y sus modos amables, Burgos defendió con énfasis -más enfático aun desde esa calma que evidencia convicción- la idea de transmisión y de aprendizaje, situando con inteligencia esas instancias en su punto de partida, en el escritor que transita una búsqueda y no en las certezas que lo limitan o acaban con él. El verbo es, aunque parezca insólito, preciso: se trató de una defensa -aunque incluyera de algún modo en voz alta el interrogante esencial respecto de si la escritura puede enseñarse-, ante los embates de alguna voz crítica demasiado preocupada por decir algo ingenioso y lucir original, uno de los fastidiosos males de este tipo de encuentros que ciertos invitados aprovechan a veces para sacar trapitos al sol.

En la antítesis de esos gestos altisonantes, parte de lo más interesante del Encuentro fue el contacto con episodios medulares pero modestos, la confirmación en escenarios bien concretos de que la literatura sí puede servir para cambiar vidas. En ese sentido, el testimonio de los integrantes de la red de talleres de escritura Relata, que se extiende por todo el país, resultó ejemplificador no sólo por la función social que cumplen esos talleres sino también por sus instancias de descubrimiento: aquellos a quienes la literatura se les revela, de improviso, con una fuerza inusitada, y a partir de allí se lanzan a algún tipo de abismo.

Por supuesto, fundamentalmente se trató de discutir qué se enseñaba, cómo, a quiénes. Pero también hubo, en los conversatorios, intercambios valiosos, como el contrapunto entre Liliana Heker y la colombiana Aleyda Gutiérrez en una mesa que para la argentina llevaba un título incómodo: “Memoria y reconciliación”. Heker empezó planteando que era imposible, para ella, reconciliar lo que nunca había sido conciliado; pero luego Gutiérrez, a partir de la particular experiencia de su país en el que casi todo el mundo tenía familiares y amigos tanto en la guerrilla como en los grupos paramilitares, habló de su necesidad de reconciliarse para -lo dijo bellamente, pero a muchos nos quedó hasta cierto punto atragantado- no vivir “mil años de soledad”.

De lo que dejó el Encuentro, acaso lo más palpable sea la fundación de una red de escuelas de escritura: Programas de Escritura de las Américas (P. E. A.), que incluye a miembros de tres universidades norteamericanas: NYU, Iowa y El paso (Texas), así como también escuelas de México, Chile, Bolivia y Cuba, más cuatro entidades colombianas y por la Argentina, las citadas Untref y Casa de Letras. Los objetivos de la red apuntan naturalmente al crecimiento y al intercambio, no sólo de programas, alumnos y docentes sino también de las literaturas de cada región. A la vez, quedó entre los argentinos el deseo de que una próxima edición pueda tener lugar en nuestro país. Y por encima de ello, que podamos vivirlo no como un milagro, sino como una batalla ganada, un territorio definitivamente ocupado.

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