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Escritores que narran a sus padres, esa silueta mayor

Ya sea como presencia o como ausencia, la figura paterna es matriz de la ficción, y su tratamiento en la literatura es el modo en que algunos autores, de Kafka a Auster, buscan entenderse a sí mismos.

El padre es la salida al mundo, la voz que llama a explorar. En esa acción, es iniciador de tantos viajes emocionales como formas de vínculos puedan tejerse. Sobre esa construcción se escribieron muchas historias, capa sobre capa levantaron un tópico: el libro sobre el padre. Escribir sobre él pide un cambio de lugar, dejar de ser hijo. Ese gesto pone la lupa sobre el amor presente o ausente. Y es bien diferente el mundo sobre el padre narrado por la hija que por el hijo. El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza; Papá, de Federico Jeanmaire; El buen dolor, de Guillermo Saccomanno, y La invención de la soledad, de Paul Auster, son libros escritos desde el punto de vista del hijo. Es el hombre que mira a otro hombre y encuentra, en esa mirada, los pilares de la admiración o la brecha para despegarse. ¿Qué pasa, además, cuando es el padre el que abre el camino a la escritura?

En estos títulos, los narradores son testigos de la vida lectora de sus padres, del deseo de escribir o de su propio nacimiento como escritores a partir del duelo. La mañana en que Paul Auster supo que su padre había muerto, empezó a contar La invención de la soledad, que fue, como él dice, el comienzo de todo. “Debajo del papel, en un nivel estratipográfico incierto, que no permite asegurar quién lo guardó, encuentro la última novela de Arón”, narra Jorge Baron Biza en El desierto y su semilla frente a una edición de Arón, el nombre ficcionalizado de su padre. La novela que se menciona nunca fue distribuida. Arón -Raúl Baron Biza- escribió varios libros, pero ninguno alcanzó la singularidad de la única novela que publicó el hijo, Jorge.

El desierto y su semilla empieza con la escena del divorcio de sus padres, cuando, antes de firmar, Arón pide un último brindis. En el vaso en que debería haber whisky hay ácido y se lo arroja a su ex esposa en la cara. Se narra el viaje del hijo y de la madre por la reconstrucción del cuerpo. Pareciera ser un libro sobre la madre, pero el padre lo cubre todo. En el departamento del padre, Baron Biza encuentra el libro escrito por Arón y lee: “¿Por qué no negar al hijo engendrado más por curiosidad que por deseo? ¿Qué obligaciones de amar al nacido? Que carguen ellos con su vergüenza y no yo con su perdón”. Y frente a eso, en su propia novela, dice: “Trato de imaginar qué lugar puedo hacerme yo en ese texto y no encuentro ninguno”. ¿Cómo curar algo así? ¿El hijo acepta o compite al ir por más de lo que hizo el padre? Raúl Baron Biza se suicida. Y Jorge, años después, también.

Carta al padre es el reclamo que Kafka le hace al padre, y, según los ensayos escritos sobre el autor de La metamorfosis, habla en toda su obra de él. Un hijo que escribe, relee. Así sucede con Mi oído en su corazón, de Hanif Kureishi, que se inspiró en una novela inédita del padre, también escritor. Pensar al padre puede llevar una vida. En El buen dolor, Guillermo Saccomanno cruza esa zona. “Por las noches, papá se instalaba en la cocina con la máquina de escribir que el finado abuelo le había regalado a mamá al recibirse de perito mercantil.” La escena transcurre en la casa familiar, donde también vivía la abuela; cuando ella muere, en la que era su habitación, el padre y él la modifican. Como hablándole a otro, escribe: “Rescataste la vieja máquina de escribir. Era un armatoste negro, brillante, pesadísimo. Limpiaste una a una las teclas con alcohol. Escribiste tu primer cuento”. El autor, con el cuento en la mano, busca a su primer lector: “Se lo diste a leer a papá. El cuento le gustaba, pero le faltaba algo. Todavía no estás en edad de comprender ciertas cosas. Te puso la mano en el hombro: Para escribir es necesario comprender. Te falta la experiencia, dijo”. El narrador recuerda que en su casa había una biblioteca importante, la de un padre lector que quiso ser escritor. ¿Se puede hablar de proyección? ¿Qué lugar ocupa el padre en relación con la elección de una vocación? “Desde entonces, cada tanto, probás escribir de nuevo esa historia. Quizá esa historia, como todas las que contás, sea siempre la misma. Siempre.” El buen dolor.

El padre es una silueta frondosa; como la copa de un árbol, puede proteger de la tormenta o bloquear la luz. Kay Heinrichsdorff es psiquiatra, psicoterapeuta vincular paterno-filial. Se formó en la Clínica Tavistock, de Londres, discípulo de Hernán Kesselman y director de Be People, Promoción del Don de Gente. En relación con la figura del padre, considera que “don, talento y virtud no siempre van de la mano. La función paterna impulsa la vocación, no debería obligarla. Si se manifiesta talento, que siempre sorprende, es sólo desde el deseo más íntimo que se transforma en una genuina y libre herramienta de virtud”. Narrar al padre no es una acción prematura.

En Papá, Federico Jeanmaire narra la historia de ese vínculo, hace foco sobre la conciencia del duelo, la agonía de una enfermedad del padre. El hijo va hacia alguna forma de comprensión; es un hombre que narra al hombre con el que comparte el ADN y el amor por los libros: no cree haber conocido a nadie que leyera como su padre. “Escribo porque el hombre es el único animal que escribe y porque, además, nunca pude comprender cómo es que hacen los hombres que no escriben para velar su propia conciencia de la muerte.” Antes de entrar a la historia, hay otra, tan mínima como sólida, en la dedicatoria: “A la memoria de mi viejo, Luis Emilio. Pero también para Juanito, mi hijo”. Toca dar vuelta la página para que empiece así: “A mi padre lo estamos velando desde hace más de dos años. Mi mamá, mi hermano y yo”.

Gran parte de los libros sobre el padre nacieron a partir de la muerte. Esto quiere decir pensar quién fue ese hombre. La invención de la soledad, de Auster, empieza con lo vital: “Un día hay vida, por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa”. Apenas unas líneas y el lector se entera de la muerte del padre. Ese hecho instala la escritura en la vida de Auster. Es un libro sobre la doble iniciación: orfandad y escritura. En La muerte del padre, Karl Ove Knausgård apela, también, a la escena de vitalidad para llegar a la muerte. “La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede.” Escribir sobre el padre es pasar la película interna de la vida, escena por escena; ver para verlo. Tal como fue. O como el recuerdo lo reescribe.

Un tema que nunca deja de volver

Por Guillermo Saccomanno

A lo largo de los años, varias veces intenté escribir sobre la cuestión del padre. Lo primero fue una serie de relatos que articulé en Situación de peligro. Mi padre vivía. Estaba enfermo. Lo leyó. Vino a buscarme.

Me dijo emocionado que esa escritura era un “acto de amor”, lo cual era cierto en parte, y en otro aspecto, más bien, era un ajuste de cuentas.

Nuestra relación había sido tensa, la rivalidad imperaba. Más tarde, en Animales domésticos, escribí un cuento sobre su enfermedad. Y seguí tratando de darle otra forma al asunto. Fue una novela que tuvo muchas versiones. Me acuerdo de que cuando estuvo por publicarse me sentí inseguro. Mi padre vivía, había empeorado. La retiré de la editorial. Y años más tarde encontré la vuelta al relato. Fue El buen dolor.

Pero hubo un hecho clave que posibilitó esta escritura: la muerte de mi padre. John Cheever dice que no se pueden arreglar en la literatura los problemas que no tiene uno resueltos en la vida. Y eso me había pasado.

Fue necesaria su muerte, el tiempo de duelo, para que pudiera encontrarle una forma. Etapa superada, me digo.

Sin embargo, cada tanto me surge algún cuento donde el tema del padre reaparece. Es que se trata de un tema central para los hombres. El padre es la ley. Y no hay nada más cuestionable que esa cosa taxativa y dogmática que tiene la ley.

Tal vez esto explique por qué entre mis libros predilectos están Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, y Temor y temblor, de Kierkegaard.

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