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Francisco y la política local: de los oportunos encuentros con Cristina Kirchner a la tensión permanente con Mauricio Macri

Durante cinco años de pontificado, nunca visitó la Argentina y sólo envió un telegrama protocolar en inglés cuando sobrevoló el país rumbo a Chile

“Por primera vez en la historia va a haber un Papa que pertenece a Latinoamérica. Deseamos de corazón a Francisco que pueda lograr mayor grado de confraternidad entre los pueblos, entre las religiones. Que esa opción por el nombre, que creo que es por San Francisco de Asís, la opción de los pobres, sea realmente la opción que puedan hacer las altas jerarquías. Este es un gobierno
que ha estado siempre optando por los que menos tienen y eso es lo que muchos no nos han perdonado.”

Recién en ese tramo del discurso de Cristina Kirchner los militantes que habían copado las gradas de Tecnópolis se pusieron de pie, eufóricos. Unas horas antes, en la tarde noche de Roma del 13 de marzo del 2013, Francisco había sido ungido como el primer Papa de América Latina, y argentino, de la Iglesia católica. Apenas lo mencionó la entonces presidenta en su primera aparición pública, la
militancia silbó.

Cristina solo atinó a levantar la mano y no mucho más. Seguía sorprendida. Un rato antes, le había escrito una fría carta de felicitación de dos párrafos.

La relación entre Jorge Bergoglio y el kirchnerismo había estado históricamente signada por el maltrato y la desconfianza. Para Néstor Kirchner, el entonces arzobispo de Buenos Aires era el jefe de la oposición. Bergoglio tenía una relación de privilegio con varios líderes opositores, varios de ellos del PRO.

Solo el fallecido ex presidente participó del tradicional tedeum en la Catedral metropolitana en dos oportunidades, en el 2004 y en el 2006. Este último fue bisagra: ante el matrimonio K, Bergoglio habló de “manipulación” y de “prepotencia”. Desde aquel momento, los Kirchner llevaron esa fecha patria al interior del país.

Pero a diferencia de Mauricio Macri, Cristina Kirchner no tuvo empacho en colgarse rauda de la sotana del Papa.

Desde su unción al frente de la Iglesia y hasta que dejó la Presidencia, a fines del 2015, la ex mandataria tuvo siete encuentros con Francisco: cuatro en el Vaticano -el primero por la ceremonia de asunción del Papa-, en Río de Janeiro, en Paraguay y en Cuba.

El más ruidoso fue el de septiembre del 2014. La ex presidenta viajó a Roma con una nutrida comitiva de La Cámpora, integrada por Andrés “El cuervo” Larroque, Eduardo “Wado” de Pedro y José Ottavis, entre otros, y el diputado Julián Domínguez.

Ex precandidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, la inclusión de Domínguez en esa comitiva alimentó al año siguiente las versiones de mensajeros del Vaticano y de un sector de los medios de que el dirigente se colaba entre los candidatos bonaerense como el postulante de Francisco, en desmedro de Aníbal Fernández. Y que entre Daniel Scioli -de buena relación con Roma- y
Mauricio Macri, el Papa optaba por el primero.

Fue todo al revés. Ganó Fernández, que al final perdió la gobernación con María Eugenia Vidal, y triunfó Macri. En el 2013, en medio de la campaña legislativa, Cristina logró la foto entre Martín Insaurralde, primer candidato a diputado K, y el Sumo Pontífice, en las jornadas de la juventud en las playas de Río de Janeiro.

Sergio Massa, el candidato más fuerte de la oposición -aliado al PRO por esos días y uno de los pocos dirigentes de peso que nunca pudo fotografiarse con el Sumo Pontífice-, se impondría en las elecciones algunos meses después. Dos años más tarde, en la campaña presidencial del 2015, Jaime Durán Barba, una de las espinas del Vaticano, diría que el Papa “no mueve ni seis votos”.

Es que, para el macrismo, Francisco se siente más cómodo con el peronismo. Más allá de la supuesta simpatía política del Papa no deja de ser llamativo: el primer Papa argentino no pudo aún congeniar con las dos máximas autoridades políticas de su país desde aquella fumata blanca de marzo del 2013.

Gabriela Michetti y Marcos Peña, dos de los máximos referentes del PRO, eran asiduos confidentes de Bergoglio durante la gestión de Macri en la ciudad de Buenos Aires. Cayeron en desgracia durante la discusión y el impulso K al matrimonio igualitario, una grieta que nunca se pudo zanjar entre la Iglesia y el kirchnerismo y que hirió al macrismo por la decisión del entonces jefe de Gobierno
porteño de no apelar el fallo de la jueza Gabriela Seijas, que habilitó la unión civil de Alex Freyre y José María Di Bello.

“El mundo va en esta dirección. Tenemos que convivir y aceptar esta realidad. Espero que sean felices”, aseguró lacónico Macri a fines del 2009 a través de Facebook, YouTube y Twitter, un mensaje con el sello inconfundible de Durán Barba, un provocador serial y uno de los exponentes del ala más progresista del PRO.

Francisco nunca perdonó aquella decisión simbólica de Macri que sentó un precedente en el rubro y marcó un quiebre en la relación del PRO y la Iglesia, azuzado además por la subvención del Estado a los colegios católicos en la ciudad de Buenos Aires, en la que el macrismo metió mano.

La cúpula de la Conferencia Episcopal Argentina está convencida de que el Gobierno introdujo el debate parlamentario por la despenalización del aborto en la agenda pública para desviar la atención de otros rubros que muestran serias deficiencias, como la economía.

“Estamos tratando de explicarles que no es así, que era una discusión que se venía y que nos iba a llevar por encima”, explican altos funcionarios de trato frecuente con la cúpula eclesiástica. Incluso aseguran que en la reunión de fin del año pasado con las máximas autoridades de la conferencia episcopal, tras la asunción de Oscar Ojea, se sobrevoló el tema.

Es paradójico: la Iglesia reclama ahora que el Gobierno tapone la discusión como durante años lo hizo la ex presidenta. La respuesta de la Casa Rosada, al menos para la curia, es estrictamente parlamentaria: “Cristina tenía mayoría en el Congreso, nosotros no”.

El impulso presidencial a la discusión por la despenalización del aborto no hizo más que desnudar las evidentes diferencias entre Macri y Francisco.

Desde su asunción como presidente, el líder de Cambiemos viajó a Roma dos veces, en el 2016. El primer encuentro, en febrero, duró solo 22 minutos, quedó marcado por el gesto adusto que el Papa eligió para la fotografía oficial y por las crecientes versiones acerca de la pésima sintonía entre la Casa Rosada y el Vaticano.

Hubo mensajeros papales de buenos nexos con el Gobierno que dicen haberle insistido a la cúpula del macrismo de que no era momento para encontrarse.

La segunda reunión, en octubre de ese año, no tuvo la tensión de la primera: duró casi una hora y los rostros de ambos líderes se mostraron más relajados.

En enero de este año, Francisco -que nunca vino a la Argentina- visitó Chile y Perú. Cuando el avión de Alitalia que lo trasladaba a Chile sobrevoló territorio argentino, envió un telegrama protocolar con un saludo para sus compatriotas, en el que evitó referirse a una posible visita a su tierra natal.En el escrito, escrito en inglés y dirigido al presidente Mauricio Macri, el Pontífice envió sus “cálidos augurios” y bendición a la Argentina

“Mientras sobrevuelo el espacio aéreo argentino, extiendo a ustedes mis cálidos saludos y augurios y
envío desde el corazón mis buenos deseos a toda la gente de mi madre patria, asegurando mi
cercanía y bendiciones. Les pido por favor a todos ustedes que no se olviden de rezar por mí”,
decía el comunicado completo.

Durante estos años, sin embargo, el macrismo tuvo interlocutores que viajaron a Roma a distender la relación: desde los ministros Jorge Triaca y Carolina Stanley y el senador Esteban Bullrich, hasta el legislador Omar Abboud, la gobernadora Vidal y el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, que viajó a Italia hace algunos meses.

En realidad, la visión de Francisco sobre Macri trasciende la coyuntura: en el Gobierno están convencidos de que, para el Papa, el Presidente encarna el poder económico.

Hay quienes sostienen, incluso, que para el Sumo Pontífice esa pertenencia del jefe de Estado es más relevante que algunas de las políticas que impulsa. Francisco conserva entre sus preferidos a José “Pepe” Mujica, el ex presidente uruguayo que dio vía libre al matrimonio igualitario, la despenalización del aborto y de la marihuana.

Es más: el Papa aceptó la invitación a Chile antes de que se apruebe la legalización del aborto pero cuando el vecino país ya estaba enfrascado en el debate.

La despenalización del aborto en nuestro país cabría a la perfección con la historia. En Italia se aprobó en 1978, bajo el papado del italiano Pablo VI. En Polonia, con severas restricciones, en 1993, con el polaco Juan Pablo II. La apertura de la discusión en nuestro país tiene registro, por primera vez, bajo la conducción de Francisco en la Iglesia Católica.

El debate vuelve a poner a prueba la relación tirante entre Cambiemos y el Vaticano. Desde el Gobierno ven con buenos ojos el rol de Ojea, del riñón de Francisco, al frente de la CEA. Al menos, dicen, ordena la comunicación entre Roma y Buenos Aires.

Los más entusiastas hasta no descartan una visita a principios del 2019, antes de la campaña electoral en la que Macri buscará su reelección. Por ahora parece improbable.

Fuente: Infobae

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