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Historias de Punta del Este: por un libro de Osho, se fue de su casa y ahora duerme en una combi

Francesco tiene 26 años, trabaja en un hotel y cada noche estaciona su vehículo frente al mar. Qué le hizo cambiar los planes a un joven que sueña con recorrer las rutas de América

«¿Vos naciste para ser periodista? Bueno, yo siento que nací para hacer este viaje. Y que pase lo que tenga que pasar, dejo todo librado al azar». Habla pausado, suave, sin apuro. Pregunta, cuestiona, todo le intriga. Antes de que lo interroguen, Francisco Lumaconi se encarga de explicar: «Un libro me cambió la vida para siempre, me quitó el velo que tenía delante de mis ojos».

El libro del ego, de Osho, gurú y filósofo indio, es el gran culpable de su movimiento interno. «Hice un click cuando lo leí. Estaba viviendo mecánicamente, como un robot. Guiándome por modas y no por una verdadera inquietud interna. Se me presentó una verdadera revelación, que antes estaba ahí y no la veía. No sé cómo explicarlo… Es como si te describiera el sabor del limón. Si no lo probás, no lo conocés».

Recibe a Infobae en el lobby del hotel en el que trabaja. Ante la primera visita, pide disculpas: «Ahora no me dejan salir, volvé más tarde que te muestro dónde vivo». Y más tarde, cuando sí logra escaparse unos minutos, presenta a su Volkswagen Combi del año 89. «La compré cuando tomé la decisión de irme de casa. Pensé en comprarme una casa rodante tradicional, pero esto me gustó más porque tenía que armarlo yo».
Uruguayo, nacido en Montevideo, debió leer varios libros para entender cómo funcionaba su nueva vivienda. Le hizo un sillón a medida que se transforma en cama. Tiene una garrafa, una conservadora, pocos alimentos, una ducha armable para bañarse en la playa (a veces lo hace en el hotel) y la ropa justa, la cual le cabe en una valija pequeña.

«Cuando la compré, nos fuimos con mi novia a Brasil. Allá le puse los paneles solares. Colocados, con la batería y el adaptador que la convierte a 220v pagué USD 1.300. Acá, solo los materiales me costaban USD 2.500. ¿Si es un espacio chico? No, es más, me sobra. Creo que las personas cambian según las costumbres. Me gusta más estar afuera que adentro. Tengo mi cocina, mi computadora y mi lugar para dormir, pero prefiero estar al aire libre».

Alguna que otra película en Netflix o un documental en YouTube lo invitan a la distracción. Tiene internet, con un pequeño módem inalámbrico. «Antes vivía en Ciudad de la Costa con mi mamá. Siempre me gustó acampar y por eso busco estacionarla enfrente de alguna playa. Punta Ballena y La Barra son los lugares en donde suelo dormir mayormente».

«Mis amigos y mi familia pensaban que estaba loco. La realidad es que nunca me pasó nada, siempre tuve para comer y no me falta electricidad. Incluso he pasado días sin que saliera el sol, pero siempre tuve. La mayor parte del tiempo estudio. Leo. Me gusta leer, aprender, entender muchas cosas que antes ni contemplaba», cuenta.

También revela que cuando se fue de su casa regaló todo. Entendió que desprenderse de lo necesario era parte del cambio. Y que si lo dejaba allí, en donde había crecido y vivido por años, lo arrastraría al pasado. «Me gustaba la fiesta, salir de noche. Eso no cambió. Si bien gané tranquilidad, conservé la fiesta. El equilibro entre las dos cosas es una perfecta manera de vivir», explica el joven de 26 años.

En el hotel ya saben que pronto se irá. Será a la India, al final de la temporada de verano, al resort de Osho. «Voy a estudiar allá diferentes terapias. Me gusta ir a países en los que no sepa hablar el idioma. Comunicarme con el lenguaje mental. Me quedaré algunos meses. Cuando vuelva, mi gran proyecto es recorrer América Latina con la camioneta».

Aquí dejará algo más que una casa y un vehículo. También se quedarán la familia, los amigos y su novia. «Sé más que nadie todo lo que dejo. Yo antes tenía una vida normal: estudiaba, trabajaba y me gustaba tener ropa nueva. Era un pibe como cualquier otro. Pero lo que me pasa no está en la cabeza, está en el corazón».

Volverá por ellos, y también para ponerle a su camioneta el aire acondicionado y la heladera que no pudo comprar en Brasil. «Mi vida se transformó. Encontré la felicidad al despertarme y saber que allí estaba la playa, que podía meterme al mar», dice.

—¿Y qué vas a buscar cuando vuelvas y recorras todas las rutas de Latinoamérica?

—A mí mismo.

 

Fuente: www.infobae.com

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