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Internet, lejos de la fantasía del diálogo global y la integración de culturas

Antes que propiciar la diversidad, Internet funciona como un bastión de autoafirmación de las identidades y es una herramienta «multipolar, fragmentada y descentralizada», sostiene el sociólogo francés Frederic Martel en su libro Smart, resultado de una investigación que lo llevó a más de 50 países para analizar la utilización de las redes y el impacto generado por el desembarco masivo de los llamados «smartphones» o teléfonos inteligentes.

La llegada de internet fue celebrada como una conquista social alentada por la promesa de vincular culturas y unificar polí­ticas, una ilusión que Martel desactiva en esta obra que trabaja sobre la idea de que las redes alimentan la idiosincrasia de naciones particulares y desalientan la integración, en un proceso todavía en curso que traerá consecuencias inéditas para la humanidad.

La afinidad idiomática y territorial es el principal disparador de la socialización a través de las redes y el diálogo global es hoy más una aspiración que una realidad, explica el autor de Cultura mainstream, más allá de que se pongan a disposición contenidos que rápidamente se viralizan y permiten que millones de personas pueden mirar en simultáneo un mismo video por YouTube.

La tesis central de Martel es que la masividad no constituye necesariamente una oportunidad para el intercambio social o la interacción de culturas: así, aunque Facebook tiene más de 1.000 millones de usuarios alrededor del mundo la mayoría de los usuarios sólo se contactan con personas próximas, en un itinerario marcado tanto por la agenda actual como por las referencias del pasado.

“Contrariamente a lo que pensamos, el riesgo de especialización y de reforzar los ví­nculos comunitarios ya establecidos existe y es muy grande en internet. ¿Pero por qué? Porque internet refleja la vida, nuestra manera de vivir y desde ese punto de vista nos cambia menos de lo que creemos”, indica.

Así­, cada internet es un vehí­culo de autoafirmación de las comunidades, que pueden venir determinadas por el territorio, la lengua, la religión o la esfera cultural, entre otras.

En Smart (Taurus), el autor define a Internet como una herramienta “multipolar, descentralizada y fragmentada” que ha provocado una mutación en las formas de sociabilidad y en otros soportes como la televisión y la telefonía.
Martel es doctor en Sociologí­a, ha trabajado como asesor en las embajadas de Francia en Estados Unidos y en Rumania; ha sido profesor visitante en Harvard y es profesor en la prestigiosa Sciences Po de Parí­s. En sus investigaciones fusiona el rigor académico con la non-fiction, género en el que escribe las stories que descubre en sus viajes.

El ensayista desarrolló una buena parte de su carrera en los Estados Unidos bajo el manto de intelectuales como Joseph Nye, Michael Walzer, Michael Sandel y Amartya Sen. Tras el exhaustivo trabajo de campo que originó Cultura mainstream -fruto de la información cotejada a través de 1250 entrevistas- decidió encarar otra investigación tan exigente como su antecesora.

Así, durante tres años el ensayista viajó desde Silicon Valley a guetos de Johannesburgo para entrevistar a empleados de Google, verificar en China el fenómeno de las “imitaciones” de Google y Twitter o sumergirse en los túneles de Gaza o los feudos de Hizbulá en Beirut para comprobar cómo la universalización de los teléfonos celulares está cambiando todo.

Martel consigna que actualmente hay casi 3.000 millones de personas con acceso a Internet y en cinco años serán 5.000, pero advierte que lejos está de convertirse en una entidad global: por el contrario, no es sino un reflejo de los lí­mites culturales, territoriales y lingüísticos que conforman el mundo.

“En la vida hay muchas situaciones geopolí­ticas e Internet no lo cambiará en un sentido o en otro. En Irán, los gais pueden conocerse por Internet, las mujeres pueden expresarse y, al mismo tiempo, en la misma web, están los islamistas más ortodoxos. El debate es cómo crear un mundo mejor con Internet, pero aún así la vida se cambia con polí­tica, democracia, y otras herramientas”, postula.

El sociólogo analiza las tensiones entre las industrias tecnológicas y culturales, básicamente la pugna entre California del norte (Silicon Valley) y California del sur (Hollywood), a la vez que describe la transición de una cultura de productos a una cultura de servicios, en la que la clave es el acceso (y no la posesión) a los productos audiovisuales, música o libros.

Para Martel, así como durante la expansión de las industrias culturales prosperaban toda clase de vaticinios sobre los alcances de la hegemoní­a norteamericana, en la era digital se tiende hacia lo local, una atomización de contenidos que, sostiene, favorece la diversidad.

El autor indica que el cuarenta por ciento de la población mundial tiene acceso a internet -aunque la mayoría no se conecta desde una computadora sino desde un stmarphone- pero está convencido de que no hay un uso standarizado de las redes sino prácticas digitales muy diferenciadas según cada país.

“Ni realmente globalizado ni verdaderamente uniformizado, Internet depende por tanto en gran medida de las culturas, las lenguas y los contextos nacionales”, concluye Martel.

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