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La ciencia es para chicos

En el Museo Prohibido No Tocar, los niños aprenden jugando

¿Quién dijo que sólo los chicos disfrutan de las vacaciones de invierno? María Laura Aquino giraba con fuerza la manivela. El objetivo era generar energía, pero las lamparitas no encendían. Y Francisco, su hijo de siete años, la alentaba, alegre. La familia estaba de visita en el Museo Prohibido No Tocar, en el barrio de Recoleta. Allí, grandes y niños se divertían a la par inmersos en un mundo de experimentación entre la física, la matemática y otras ciencias.

“Esto está buenísimo. No sólo nos entretenemos, sino que también se puede aprender”, dijo la mujer, una vez que logró que un par de bombitas se prendieran tímidamente. No era la primera vez que Aquino estaba allí. Ella es docente en San Antonio de Areco y ya había visitado el primer museo interactivo del país junto con el contingente escolar.

Bernardo Guimas, papá de dos niños de 9 y 11 años, también se divertía en el salón de música. Se detenía ante la flauta de pan y apoyaba su oído derecho contra los tubos ahuecados por donde salía el sonido. Estaba tan concentrado que había perdido de vista a sus hijos. “Es muy bueno el lugar. Y, como verás, no es sólo para chicos”, dijo, con un tono jocoso, el hombre oriundo de Bolivia. Pero los días festivos se estaban terminando para él y su familia. Como en la Argentina, el lunes retoman las clases.

INTERACTUAR CON LA CIENCIA

El museo, ubicado en el Centro Cultural Recoleta, tiene 28 años de antigüedad y su principal objetivo es que los visitantes puedan interactuar con la ciencia de manera lúdica. Sólo durante el receso invernal, 1500 personas, de cuatro años en adelante, transitaron por allí cada día. Para algunos interesados, como Mónica González, era la primera vez en este lugar. Antes que su nieta Charo, la abuela comenzó a experimentar cómo funcionaba el pluviómetro.

Pero Valentín, de siete años, era quien dirigía el recorrido por la sala conocida como No me Mates Matemática. Su papá, Roberto Fuente, contó que el niño ya había concurrido al museo y eso se notaba. “El experimento que más me gusta es el que ponés un alambre y se electrocuta”, afirmó el niño. Cerca de ellos, otros chicos, acompañados de sus madres se reían a carcajadas con el “semiespejo”. “¡Me veo yo mismo!”, gritaban los más jóvenes cuando su imagen se reflejaba de manera parcial.

Cada prueba cuenta con una guía escrita que indica cómo proceder y una explicación con el significado del experimento. ¿Para qué sirve?, ¿por qué se produce? y otras preguntas quedan respondidas en la cartelería. Valeria Conforte, supervisora de contenidos del museo, contó que la sala de Mecánica es la que más atrae a los niños pequeños.

La consigna no puede ser más clara. Para divertirse y aprender hay que tocar todo e interactuar con las propuestas. Y no hay restricciones. Niños y adultos participan en grupo, experimentando las mismas sensaciones. Paula Tonicutti, su hijo Juani y su ahijada Agus parecían hipnotizados con una prueba visual. Estaban concentrados frente a la figura pintada de un ave color rojo y así se quedarían otros 20 segundos. ¿Habrán alcanzado a ver en la jaula la ilusión óptica de otro pájaro?

TIPS PARA TENER EN CUENTA

LO MEJOR

Niños y padres disfrutan a la par de los experimentos que tienen claras explicaciones

LO PEOR

Los menores de cuatro años no podrían entender la mayoría de las pruebas científicas
Fuente: Diario de Cultura

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