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Las tragamonedas, la puerta de entrada al infierno de los jugadores compulsivos

En la Provincia la mayor adicción está referida a este tipo de juego. En lo que va del año más de 800 personas llamaron para pedir ayuda por su compulsión a jugar

Mariano P. no veía números sino señales. O mensajes, mejor dicho. Mensajes en una patente. En el
número de una casa. En el peso de la carne para el asado o hasta en la hora que marcaba un reloj
público cualquiera. Mensajes. Avisos del destino para jugar un pleno o apostar todo a ganador.
“Era insoportable pero no lo podía evitar -cuenta ahora, algunos años después de aquella tara que
le hizo perder varias cosas-. Al mambo con los números le siguió el raye con los tragamonedas. No podía parar. Iba todas las noches pero al tiempo también de día. A la tarde, a la mañana antes del ir al negocio donde trabajaba. Necesitaba estar apostando a toda hora. Así hasta que un buen día dije basta. Basta de números, de apuestas y todo. Basta de ver mensajes en todos lados. Pedí ayuda y empecé terapia. Fueron varios intentos, en realidad. Pero la cosa cambió recién cuando me presenté una noche en el bingo y pedí que no me dejaran entrar nunca más. Me auto excluí. Me sacaron una foto y nunca más volví. De eso hace ya casi diez años. Y acá estoy. No veo mensajes
pero siempre tengo miedo de que me vuelva a picar el bichito. Qué se yo. Es como si uno no dejara
nunca de ser un jugador compulsivo”

Mariano P. no veía números sino señales. O mensajes, mejor dicho. Mensajes en una patente. En el
número de una casa. En el peso de la carne para el asado o hasta en la hora que marcaba un reloj
público cualquiera. Mensajes. Avisos del destino para jugar un pleno o apostar todo a ganador.
“Era insoportable pero no lo podía evitar -cuenta ahora, algunos años después de aquella tara que
le hizo perder varias cosas-. Al mambo con los números le siguió el raye con los tragamonedas. No
podía parar. Iba todas las noches pero al tiempo también de día. A la tarde, a la mañana antes del ir
al negocio donde trabajaba. Necesitaba estar apostando a toda hora. Así hasta que un buen día dije
basta. Basta de números, de apuestas y todo. Basta de ver mensajes en todos lados. Pedí ayuda y
empecé terapia. Fueron varios intentos, en realidad. Pero la cosa cambió recién cuando me
presenté una noche en el bingo y pedí que no me dejaran entrar nunca más. Me auto excluí. Me
sacaron una foto y nunca más volví. De eso hace ya casi diez años. Y acá estoy. No veo mensajes
pero siempre tengo miedo de que me vuelva a picar el bichito. Qué se yo. Es como si uno no dejara
nunca de ser un jugador compulsivo”

Fuente: El Dia

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