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Los últimos 100 pasos del Che Guevara como hombre libre

A 50 años de su muerte en Bolivia, enviados especiales acamparon en el lugar exacto donde el Che libró su último combate. Una reconstrucción histórica en la Quebrada del Churo. En la imagen de portada, Altar pagano. El busto de Ernesto Che Guevara en el poblado de La Higuera, donde fue ejecutado el 9 de octubre de 1967. Foto de Fernando de la Orden.

Susana Osinaga tiene las manos tibias, arrugadas, barnizadas de amarillo. Son las manos que lavaron el cuerpo del Che. Ella apenas se asoma por encima de la frazada que la tapa hasta la nariz y la esconde de la muerte.
Vive en la calle del Hospital Señor de Malta de Vallegrande, adonde la internan seguido, porque le baja el azúcar y la vida se le va escurriendo entre los dedos.
Los últimos 100 pasos del Che Guevara como hombre libre

El cuerpo del Che fue exhibido en la lavandería del hospital de Vallegrande el 9 y 10 de octubre de 1967. Los enviados hablaron con la mujer que lavó su cadáver. El lugar está casi intacto. AFP

No tiene ya la fuerza de aquel día de hace medio siglo en que la convocaron a limpiar el cadáver de un hombre “que se parecía a Cristo” y que la seguía con la mirada a cualquier parte.

Con susurros, evoca el momento en que agarró una manguera, un pan de jabón, y emprendió una tarea que iba a marcarla para siempre. “Me ofrecí a cerrarle los ojos, pero me ordenaron que lo dejara como estaba”, cuenta Susana, recostada y con fe en que “el Che me va a cuidar… ¡si es que él ha sido médico!”.

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La morgue donde le cortaron las manos, para su identificación por huellas digitales. Foto de Fernando De la Orden.

Luego nos habla de un recuerdo perdido, de un mechón de pelo que le cortaron al Che antes de ser enterrado en un lugar secreto de Bolivia. Y nos da una pista: “Vayan a la casa de al lado de la escuela Ignacio Terán. Por las dudas, yo no les dije nada”.

Allá vamos. Golpeamos. Ladra un perro y detrás del ladrido aparece una abuela, Dora Cárdenas, 80 años, maestra de música, dirigente del sindicato docente, jubilada, precavida: “Fuimos muy perseguidos en aquella época. Fotos, mejor no, pero puedo contarles mi historia…”.

Recorra la Ruta del Che en este mapa virtual

En silla de ruedas, mientras sus huesos se encogen, su memoria se expande: “Es cierto lo del mechón, era bien abundante y se lo corté cuando nadie me veía, del lado de su oreja izquierda. Tenía grumos de tierra y de sangre. Lo repartí entre amigos y di una porción a cubanos que vinieron especialmente a buscarla. Por muchos años conservé un pequeño rulo. Fue mi talismán. Y si lo tuviera hoy le regalaría un cabello a ustedes, que vienen del país en que nació el Che”.

Dora participó de la misa que despidió a Tania, la guerrillera argentina de padre alemán y madre soviética que murió en una emboscada nueve días antes que el Che.

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Mural que recuerda a Tania. Fue una guerrillera argentino-alemana que cayó días antes que el Che Guevara en una emboscada. Esta pared fue pintada en las afueras de Vallegrande. Foto de Fernando de la Orden.

A cuatro minutos vive Julia Cortéz, maestra de la escuela de La Higuera cuando el Che fue llevado allí prisionero, atado de pies y manos. Hay que tocar varias veces la puerta de la calle Sandoval para que Julia se asome y cuente a los visitantes sus diálogos con el Che en la hora final. A veces, cuando la visitan de Europa o de los Estados Unidos, se queda esperando una propina.

En el oriente petrolero boliviano, al sur de Santa Cruz, el pasado aflora. Solo hay que ir a buscarlo, subir y bajar montañas, transitar cornisas, serpentear curvas durante ocho horas, adivinar qué hay más allá de los remolinos de polvo y asomarse a los abismos de la geografía y de la historia.

Es un mundo de peñascos escarpados, bosques ásperos y mesetas frías, donde hasta el GPS se desorienta.

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Trepando el monte. Para contar mejor cómo era el lugar donde el Che fue capturado por los Rangers bolivianos. Foto de Fernando De la Orden.

Por eso, es mejor llevar en la mochila un ejemplar de El diario del Che en Bolivia, que nos guía por los rumbos que siguió Guevara en su expedición a lo que imaginaba como el germen de “varios Vietnam” en el sur del continente y el comienzo de la gran batalla mundial entre el socialismo y el capitalismo.

Para avanzar, es necesario hablar con campesinos, esquivar fabuladores, descubrir senderos, abrirlos a machete y encontrar los sitios precisos en que la revolución de Ernesto Che Guevara se perdió en la lejanía.

Al cumplirse los 50 años de la muerte del legendario comandante guerrillero, un equipo de Viva caminó de a ratos cerca de su sombra y emprendió un viaje hacia la Quebrada del Churo, el último lugar del mundo donde el Che fue un hombre libre.

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El sitio del final. Este es el lugar en que el Che Guevara libró su último combate, el 8 de octubre de 1967. Al día siguiente lo ejecutaron. Foto de Fernando De la Orden.

El desafío implicaba llegar hasta el lugar exacto en que el revolucionario argentino-cubano combatió herido hasta el último instante de sus posibilidades, el 8 de octubre de 1967, cuando 17 guerrilleros quedaron acorralados por 1.800 soldados del Ejército boliviano.

El Che peleó hasta que el caño de su carabina M2 quedó inutilizado por un disparo. A su vida le quedaban horas.

Cómo es la Quebrada del Churo y otros sitios clave:

De la Higuera al Churo

El camino se presenta lleno de espinas. A la mínima pisada, las piedras se derrumban por un tobogán de tierra seca. Sobrevuelan chimangos, acechan garrapatas. Y el sol se estampa contra laderas verticales.

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Camino intrincado. Los senderos hacia la Quebrada del Churo tienen tramos empinados y árboles que rasgan la ropa. Foto de Fernando De la Orden.

A fines de setiembre de 1967, el Che escuchó en la radio que lo tenían rodeado. Escribió en su diario: “La emboscada en que cayeron Miguel, Coco y Julio malogró todo y hemos quedado en una posición peligrosa”. Libraba además una guerra contra el asma y contra el hambre. En 11 meses, y luego de haber sido despedidos con un asado en Cuba, los suyos tuvieron que cazar antas, mulitas, pájaros, monos, un cóndor, chanchos salvajes, y hasta se comieron la yegua que transportaba al jefe.

En sus palabras, era un momento decisivo: “Ahora sí el Ejército está mostrando más efectividad en su acción. La masa campesina no nos ayuda en nada y se convierten en delatores… La tarea más importante es zafar y buscar zonas más propicias”.

Tres mochileros argentinos se suman al trayecto.

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Tres mochileros argentinos. Bajaron con los enviados al hoyo entre montañas donde el Che fue emboscado. Foto de Fernando De la Orden.

Vamos juntos hacia el lugar del último combate. Al frente camina Casiano, con una gomera sobre su cuello, que usa para hacer barullo y espantar alimañas. Es boliviano, tiene 12 años y la madre nos encargó protegerlo de los zorros y las serpientes que abundan en la zona. Asiste a la escuela donde mataron al Che, que creció en tamaño pero no en alumnos, apenas ocho. Cada mañana juegan a la pelota en un patio donde el comandante, omnipresente, mira a los chicos desde seis murales.

Al bajar la montaña, las espinas agujerean las mochilas y las bolsas de dormir. Perdemos una lámpara. Nos vamos metiendo en un embudo, en cuyo centro oscuro queda la Quebrada del Yuro o del Churo. En quechua, yuro quiere decir recipiente de arcilla y churo, caracol.

Hacia arriba se ven los bordes donde se parapetaron los soldados del Ejército en 1967, para regar de balas la tierra.

“Si cavás un poco, es probable que encuentres casquillos todavía, porque fue una balacera infernal y en estos 50 años la zona ha sido muy poco explorada”, asegura el francés Christian Marti, que dejó de vender autos de lujo Mercedes Benz por Europa para andar suelto por estas latitudes.

Ante la posibilidad de hallar vestigios del combate, nuestras miradas multiplican sus cambios de dirección, mientras pispeamos los arbustos para no pincharnos y las mochilas para no perder más equipo.

El 1° de octubre de 1967, el comandante Guevara se sintió más seguro, a 1.600 metros de altura: “Llegamos a un bosquecillo ralo donde hicimos campamento situando postas en los diferentes puntos de aproximación… El lugar está bueno y tiene retirada garantizada, dado que se dominan casi todos los movimientos de la tropa enemiga”.

Tres días después, “luego de descansar en la quebrada, la seguimos una media hora hacia abajo, hasta encontrar otra que se le unía”, apuntó el Che, cerca de la convergencia de las quebradas de la Tusca y del Jagüey.

El 6 de octubre, “las exploraciones demostraron que en una quebrada más lejana había agua y hacia allí nos dirigimos”, registró el Che, antes de confesar que no estaba tranquilo porque “quedamos en un hoyo”.

A ese hoyo se llega tras cruzar un arroyo y trepar dos metros hasta la orilla. Es un lugar encajonado, donde girar 360 grados no ofrece horizonte, solo paredes de monte.

Ahí armamos las carpas y encendimos el fuego, antes que cayera la noche.

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Anochece en el Churo. La zona donde Ernesto Guevara pasó su última noche combatiendo. Foto de Fernando De la Orden.

¿Cómo el Che llegó hasta acá, un lugar perdido entre las venas abiertas de América Latina? ¿Por qué estando a menos de 300 kilómetros de la frontera con su Argentina enfiló para el otro lado, hacia el norte, sin apoyo campesino, sin medicamentos para el asma, sin equipos de comunicación, sin refuerzos desde Cuba? ¿Qué sintió cuando supo que había una recompensa por su cabeza de unos 4.200 dólares? ¿De qué forma planeaba salir de esta trampa?

Las preguntas recorren el fogón de la noche estrellada.

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Fogón bajo las estrellas. En la mítica Quebrada del Churo, el lugar donde el revolucionario argentino pasó su última noche antes de ser capturado. Foto de Fernando De la Orden.

“El Che siguió sus convicciones, buscó uno de los lugares más postergados para tratar de cambiar la realidad y entregó su ejemplo de lucha. Para mí es un viajero, como nosotros, aunque un viajero mítico, claro está”, dice Federico Benzacar, un sobreviviente de Cromañón que trabajó en el mundo de las finanzas y en multinacionales, hasta que un día se calzó la mochila y empezó a andar.

Analía Garuti, malabarista, prepara un arroz con sardinas, una de las comidas que saboreó el Che en sus primeros tiempos en Bolivia, cuando los suyos aún conservaban latas de pescado. “Me gusta la Ruta del Che porque podés transitar un circuito alejado de los centros turísticos tradicionales. En este trayecto disfrutamos de la naturaleza agreste y comprobamos que no es nada fácil llegar hasta acá. Creo que en la dificultad está el placer de conquistar una meta”, destaca Analía, ex vendedora de autos.

Con el mate a punto, Valeria Larrosa, artesana, 28 años, recuperada de la picadura de una nigua en el talón de un pie, agrega que se animó a la aventura “porque queríamos saber un poco más de la historia del Che y por la energía que tiene este lugar…¡pensar que acá hubo una guerrilla!”.

El 7 de octubre de 1967 fue el último día en que el Che pudo escribir en su diario. “Se cumplieron 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente”, anotó de entrada. Sabía que el Ejército lo superaba 10 a 1 en número de combatientes, y que estaba mal posicionado “a una legua de La Higuera, y otra de Jagüey y unas dos de Pucará”.

“Salimos a las 17 con una luna muy pequeña, dejando mucho rastro por el cañón donde estábamos. La marcha fue muy fatigosa”, describió cerca del renglón final de su vida. Lo último que alcanzó a avisar el Che fue que estaba a 2.000 metros de altura, cerca de las nubes, a punto de quedar tendido en la tierra.

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Buscados. La cabeza de los guerrilleros tenía precio en 1967. La recompensa por capturar al Che equivalía a 4.200 dólares. Foto de Fernando De la Orden.

En la carpa, a las cuatro de la mañana, también alumbrados por una luna pequeña, los pies y las manos se congelan. La fogata se apaga con el rocío y el pasto luce una fina capa de escarcha. Quedan dos horas de desvelo hasta al amanecer. Sin lámpara ni linterna, salir de la tienda y caminar entre los ruidos de la noche inquieta.

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Estrella de cinco puntas. Recuerda el punto junto a una roca donde el Che fue apresado, herido y con su arma inutilizada. Foto de Fernando De la Orden.

A las seis de la mañana, casi a la hora en que hace 50 años comenzó la avanzada de los Rangers bolivianos entrenados por la CIA, el sol empieza a iluminar las piedras de la Quebrada del Churo y afloran de la sombra tres rocas enormes, vértices de un triángulo de pasto ralo. Es el breve espacio en que el Che dio sus últimos pasos en libertad. Allí se refugió, disparó, le dispararon, se le acercaron, lo hirieron, cayó, intentó levantarse, no pudo, intentó resistir, le destruyeron el arma, vio desangrarse a sus camaradas… y quedó mano a mano con su destino.

En las piedras donde el Che fue capturado, todavía pueden verse orificios de balas.

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Orificios de bala. Pueden verse en las rocas de la Quebrada del Churo. Los pobladores suelen cavar la tierra y encontrar todavía casquillos de aquel combate. Foto de Fernando De la Orden.

Morir sin morir

Para subir de la quebrada hasta la ruta hay que caminar dos horas cuesta arriba. Los cuádriceps se contracturan. El esfuerzo de apenas dos días ni por asomo se compara con esas semanas en que el Che subió y bajó decenas de veces entre los 600 y los 2.280 metros sobre el nivel del mar. De un mar que en Bolivia también es una utopía.

De la ruta a La Higuera son siete minutos en jeep. Allí está la escuela donde el Che fue encerrado a la espera de la decisión marcial, mientras militares bolivianos se paseaban sedientos de venganza, por sus muertos y por lo que consideraban un intento de “invasión marxista” a su país.

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Aquí fue ejecutado. Por una ráfaga de balas. La silla, en la reconstruída escuela de La Higuera, representa el lugar donde lo ultimaron. Foto de Fernando De la Orden.

Está reconstruida la silla de madera donde sentaron al Che, donde conversó con la maestra Julia Cortéz, donde sus captores lo interrogaron y donde los soldados se repartieron sus pertenencias: la cartera de cuero que había comprado en La Paz, su reloj y el de un combatiente caído, su pipa y el diario que nos trajo hasta aquí.

El busto de piedra con su rostro y su boina, coronado por montañas, es en estos días un sitio de peregrinación de seguidores y políticos de la región. En los primeros tiempos, fue un lugar de agresión por parte de anónimos que dañaban la escultura para evitar que los campesinos fabricaran un culto a “San Guevara de La Higuera”.

“Aquí no tenemos ninguna foto del Che Guevara muerto, porque nosotros lo sentimos vivo, con sus ojos pardos bien abiertos y su coraje al momento de enfrentar la muerte”, resalta Christian el francés, mientras su mujer, Nanu Marti, sirve ferné con cola en la barra del bar Los Amigos.

Enfrente está la Casa del Telegrafista, adonde el 26 de setiembre del ‘67 había acudido uno de los guerrilleros de la vanguardia, el boliviano Coco Peredo, para usar el teléfono y buscar novedades, antes de quedar rodeado en la quebrada del Batán y caer acribillado.

Ahora, en esa casa, sirven una edición especial de un licor de hojas de coca con la cara del Che, en cuya etiqueta se lee: “Producto cero globalización”.

Desaparecido

La ráfaga de sucesos es conocida: al Che lo capturaron el 8 de octubre en el Churo, sus compañeros murieron, apenas un puñado escapó por el monte escarpado y furioso.

Desde ese hoyo, malherido, el Che fue subido a La Higuera, donde al día siguiente, tras la charla con la maestra y con sus captores, fue ejecutado.

Al tercer día, ya era un desaparecido: su cuerpo, luego de ser llevado atado a un helicóptero, lavado por Susana Osinaga y exhibido al mundo en Vallegrande, fue mutilado en sus manos y enterrado en una fosa común, cuya ubicación permaneció secreta durante 30 años.

Hoy, acercarse al atardecer a la lavandería del Hospital Señor de Malta de Vallegrande, entre murales del Che con su boina o fumando un habano, provoca contrastes de luces y de sombras, entre grafitis que reivindican el ideal revolucionario. A la altura de donde estaba su cabeza, hoy se lee: “Al incansable luchador de la igualdad”, “Tu ejemplo perdura en nosotros” y “Che, man of the people”, entre cientos de mensajes.

“La lavandería es el lugar mejor conservado de la Ruta del Che, está igual que cuando fue mostrado el cadáver. Hace tres meses se cerró el perímetro, porque la cantidad de gente que se prevé estos días hizo tomar medidas de protección. El sitio se puede visitar con guía”, explica Adalid Balderrama, uno de los que acompañan el recorrido. Adalid tiene un tatuaje del Che en el brazo derecho, de henna, es decir que el tiempo se le va a borrar.

El recorrido termina en la fosa común, encontrada gracias a una investigación del periodista Jon Lee Anderson, que entrevistó a un general boliviano que conocía su localización exacta, cerca de la antigua pista de aviación. El Equipo Argentino de Antropología Forense contribuyó a la identificación del cuerpo de Ernesto Guevara, en 1997, y los restos fueron llevados a Cuba.

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La fosa secreta. Así luce hoy el lugar, cercano a la antigua pista de aterrizaje de Vallegrande, donde recién hace 20 años fueron hallados los cuerpos del Che y de otro puñado de combatientes. Foto de Fernando de la Orden.

El Che había cumplido 39 años. Lo anotó en su diario, el 14 de junio, porque le parecía que era hora de replantearse su accionar en el terreno. En sus palabras: “He llegado a los 39 y se acerca inexorablemente una edad que da que pensar sobre mi futuro guerrillero; por ahora estoy ‘entero’”.

En la Quebrada del Churo, en medio de las espinas, hay una estrella de cinco puntas. Hay también un sendero que no se sabe adónde lleva. Y un río que empuja las piedras.

Una vida de aventuras y fusil

1928 Nace en Rosario El 14 de junio. A los pocos días su familia lo lleva a Buenos Aires. Contrae asma.

– 1932 Busca aire puro Sus padres se mudan a Alta Gracia, por el oxígeno de las montañas cordobesas.

– 1948 Viaja al sur En una bicicleta a motor, recorre Argentina y parte de Chile.

– 1951 Vuelve a partir Con su amigo Alberto Granado va a Chile, Perú y Colombia. Regresa y se recibe de médico, experto en alergias.

– 1953 Se va para siempre Con otro amigo, Calica Ferrer, remonta América Latina hasta Guatemala.

– 1955 Conoce a Fidel Castro Llega a México y se suma a la insurgencia cubana. Lo apodan “Che”.

– 1956 Navega en el Granma El 18 de diciembre sube al yate que lo llevará a hacer la Revolución en Cuba.

– 1958 Triunfa en Santa Clara El 29 de diciembre, su columna entra en la última ciudad protegida por el Ejército del dictador Fulgencio Batista.

– 1967 Intenta la revolución en Bolivia No consigue apoyos campesinos ni del PC. Lo emboscan en el Churo y lo ejecutan en La Higuera el 9 de octubre.

 

Fuente: Diario de Cultura

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