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Mickey Mouse: cumple 90 años y aún promete felicidad

Mickey Mouse, una de las pocas eternidades de las que somos contemporáneos

El 18 de noviembre de 1928 se estrenó en unos cuantos cines de los Estados Unidos un corto animado que cambió la historia del arte popular. El corto se llama Steamboat Willy, y está protagonizado por Mickey Mouse en su primera aparición pública, lo que implica que el ratón cumple noventa años. Hay muchos mitos alrededor del nacimiento del personaje que reinventó -o directamente creó- un arte que parecía apenas un juego para llenar los programas cinematográficos. Ese corto fue el punto inicial para que surgiera uno de los imperios comerciales más grandes del mundo. Pero hay que ser justos: “la Disney” tiene poco que ver con Walt Disney. Una cosa es el enorme emporio y otra, el artista. Incluso —pero esto requeriría otra nota— Walt fue desplazado del control de sus empresas más de una vez porque, si bien quería y buscaba el éxito comercial, lo impulsaba otra cosa (el verdadero genio financiero era su hermano Roy). Mickey es su alter ego y uno de los pocos personajes del cine (Chaplin, por ejemplo, es otro) que llegó en el momento justo.

Así que quedémonos con Mickey. La mitología dice que Walt volvía en un tren de Nueva York, donde había perdido el control de su personaje Oswald The Rabbit, y que un poco desesperado y a punto de perderlo todo, inventó al ratón al que llamó Mortimer, aunque su mujer le sugirió rebautizarlo por Mickey. La realidad —como lo cuenta Michael Barrier en su indispensable biografía The Animated Man— es diferente. Disney tenía un estudio de animación y hacía los cortos de Oswald, pero por encargo de quien siempre tuvo los derechos del personaje, el productor y distribuidor Charles Mintz, que colocaba los cortos de Alice in Cartoonland (la primera invención importante de Walt) y encargaba más material. En la pelea por cuánto se pagaba por producir cada corto con Mintz, hubo finalmente un corte y Walt quedó libre de la presión del productor pero sin el personaje.

Segundo mito: que el personaje lo inventó en realidad su adláter y consultor técnico de por vida, Ub Iwerks. Es verdad, lo diseñó Iwerks y, con el tiempo, se le dio el crédito. Pero cuidado: siempre Disney fue el auténtico autor de todo lo que hizo su empresa porque controlaba hasta el menor fotograma. Cuando se ve lo que Iwerks hizo en solitario, en un breve intento por independizarse de Disney, descubrimos que era un gran dibujante, un imaginativo técnico y un narrador bastante mediocre, salvo algún corto de su serie (muy “mickeyana”) Flip the Frog.

Tercero: sin Oswald, Disney corría el riesgo de que su empresa quebrase y quedar sin un centavo.En realidad Disney ganaba más de 2.000 dólares por corto en 1927 (el ajuste por inflación podría llevar esto a casi el millón de dólares de hoy) y, aunque reinvertía casi todo, tenía un margen de ganancia, había organizado perfectamente de modo casi “taylorista” su producción y era respetado comercialmente como viable. No le fue demasiado difícil colocar a Mickey. De hecho, Steamboat Willie no es el primer corto de Mickey Mouse sino el tercero. Primero se hicieron Plane Crazy y Gallopin’ Gaucho. Y cuando esas pruebas buscaban distribuidor, Disney vio El cantor de jazz.

Una de las debilidades de Mr. Walt era ver el futuro. Su cabeza era más la de un científico —y un utopista— que la de un artista. Creía en la educación y, respecto del dibujo animado, entendía que había que llevar la fantasía a la máxima verosimilitud posible, de tal modo que pudiéramos creer fácilmente en un ratón que camina en dos patas. Cuando vio el sonido sincronizado, entendió que ese era el futuro del cine: canceló el estreno de los dos cortos ya hechos y, con un esfuerzo económico notable, decidió que el tercero se hiciera pensando en el sonido. Finalmente Plane Crazy Gallopin’… se estrenarían con sonido tras el éxito de Steamboat…

 El primer Mickey Mouse, el de 1928
El primer Mickey Mouse, el de 1928

Ese corto, dijimos, cambió todo. La música fue diseñada por Carl Stalling, el hombre que luego sería la gloria sonora de Looney Tunes Merrie Melodies e inventó la manera de musicalizar la animación. La anécdota es sencilla: hay un barquito en una zona rural manejado por un capitán cascarrabias y por su un poco torpe y muy alegre segundo Mickey. Cargan animales y a una pasajera, la ratoncita Minnie, y en cubierta Mickey arma un baile usando a los bichos como instrumentos musicales. Parece inocuo, pero fue una sensación absoluta. Primero, porque cada gag estaba relacionado con la música, de tal manera que el propio dibujo animado se convertía en una forma musical. Eso era nuevo para todo el cine.

Por otro lado, también en relación con el sonido, los “efectos” eran totalmente anti realistas. Parece paradójico cuando se habla de que debía ser verosímil, pero no lo es tanto. Si pensamos que un ratón maneja un barco, esa irrealidad debe escucharse igualmente irreal para que podamos creerla. Así, una caída suena a un silbido; un golpe es un redoble de tambor, etcétera. Ese procedimiento de asociar un sonido inventado a una imagen igualmente inventada fue llamado por los especialistas, con justicia, “mickeymousing”.

Pero hay algo más relativo a la imagen: Disney “hace como que” filma un espacio existente, más amplio que el que muestra la pantalla. Esa idea de que hay un mundo más allá de los bordes del fotograma se logra dibujando en escorzo, en diagonal, creando la ilusión de profundidad. Hasta entonces, el dibujo animado era plano, y el ambiente tenía la síntesis de un ideograma (vean cortos del Gato Félix de los años diez y veinte, el paradigma exitoso de entonces). Disney buscaba llenar de detalles todo. Hay una razón histórica: el corto animado estaba llegando a su fin como algo demodé. Lo que hizo Tío Walt con Mickey lo revivió y lo transformó en otra cosa.

Ahora bien: alcanza todo esto para entender la importancia técnica e histórica de ese corto, pero no para comprender la popularidad universal de nuestro ratón. Su diseño simple es producto de un truco de dibujantes: es más fácil animar círculos que líneas rectas y, si miran con atención, no importa cómo Mickey se mueva, sus dos orejas siempre están en la misma posición, como si fueran esferas, no círculos. Los primeros cortos después de Steamboat… no son demasiado elaborados, pero tenían mucho humor y eso permitió sostener al personaje hasta que vino el crack de 1929 y los años de la Gran Depresión.

Es allí donde Mickey empieza a ser realmente Mickey. Como su (verdadero) creador, Mickey siempre es un optimista. Siempre trabaja, siempre triunfa ante las adversidades incluso cuando tiene miedo y debilidades, siempre mantiene una enorme alegría ante todo lo que pasa, siempre se ríe. Siempre está enamorado de Minnie (claro que Plane Crazy, donde la acosa sexualmente —y esto no es eufemismo— hoy sería visto como una monstruosidad cuando entonces era algo simpático) y carece de grandes defectos. Era el espíritu americano y era, también, algo rarísimo: un héroe cómico. Hay pocos héroes cómicos, por norma el personaje reidero es un antihéroe. Buster Keaton, Bugs Bunny o Jackie Chan lo son, pero son la excepción. Mickey fue el primero de ese linaje extraño en la era sonora. De allí que Sergei Eisenstein, uno de los primeros en ensalzar el arte de Walt Disney, considerara a Mickey algo grande.

Los cortos de la década de los primeros años 30 son bastante truculentos, de todas maneras. Siempre se ha acusado a Disney de “asustar a los chicos”, pero es un falso cargo, producto de no entender del todo el contexto de época. La Depresión generaba un cine especialmente oscuro, y eso se reflejaba por ejemplo en el éxito tanto del melodrama social de la Warner (Soy un fugitivo, de Mervyn LeRoy); el cine de terror de la Universal (Frankenstein con Boris Karloff Drácula con Bela Lugosi); o incluso el film de gánsteres (Scarface, de Howard HawksEnemigo Público, de William Wellman). Las comedias, de hecho, eran bastante irónicas (Ayuno de amor, de Hawks) o sarcásticas (Sopa de ganso, de Leo McCarey). A eso hay que sumarle que muchos directores y técnicos del cine alemán mal llamado expresionista (notablemente Fritz Lang y el gran iluminador de sombras Karl Freund) se instalaron en Hollywood y le contagiaron el estilo germano a gran parte del cine. El dibujo animado siempre funcionaba como sátira de un estado de cosas pre conocido, era el equivalente, en la función de cine, de la tira cómica de los diarios. Basta ver algunos cortos como The Haunted House (1929) o The Mad Doctor (1933) para entender cómo la comicidad optimista de Mickey también servía para burlar el horror. Sin embargo, era sobre todo el espíritu emprendedor de la Utopía Americana el que sostenía sus mejores películas y lo hizo ser una especie de salvavidas para el vapuleado ánimo estadounidense. Cortos como Wild Waves (1929), Musical Farmer (1932), o Building a building (1933) son pruebas de un optimismo inquebrantable incluso cuando los elementos o las cosas juegan en contra. Y casi siempre se queda con la chica.

 Mickey en Walt Disney World
Mickey en Walt Disney World

Dicen que hay mucho de Disney en Mickey y el propio Walt lo vio como su alter ego (durante una cierta cantidad de años, menos de los que el mito supone, puso su voz en el ratón). Eso es cierto en parte: Mickey Mouse es lo que Disney siempre hubiera querido ser. Mucha de la iconografía granjera —que aparece en especial en los primeros cortos y en el bello homenaje de 2013 a ese mundo Get a Horse (o Es hora de viajar, en castellano)— proviene del tiempo que pasó Walt en el pueblo de Marceline, Missouri, entre 1907 y 1911, es decir entre sus seis y diez años, la época que recordaba como la más feliz de su vida. Fue una infancia dura con un padre amoroso pero severo —lo decían los propios Walt y Roy—, de formación socialista y con poca suerte para los negocios, aunque siempre emprendedor, y que puso a sus hijos a manejar rutas de periódicos en Kansas City desde los once y doce años. A pesar de eso, Walt encontraba la manera de generar nuevos trabajos e ir a la escuela, de comprarse su propia ruta de distribución de diarios; de, siendo menor de edad, obligar a su madre a falsificarle los papeles para enrolarse e ir a la Guerra Europea con solo 16. Como él mismo lo dijo en alguna entrevista, “a los 19 ya era mi propio empresario”. Pero no era el dinero lo que lo movía sino la necesidad imperiosa de hacer cosas.

Mickey es justamente eso: hace cosas. Todo el tiempo está en movimiento, todo el tiempo inventa, enfrenta y, sobre todo, sonríe. Es esa sonrisa simple en una estructura de pocos círculos la que lo vuelve un personaje inmediatamente simpático. Es raro encontrar imágenes oficiales de Disney donde no esté sonriendo y lo mismo pasa con Mickey. Cuando la Depresión amainó y llegó el color, Mickey se convirtió en el primer personaje en aprovechar el Technicolor y mezclarlo con la música, anticipándose a los grandes musicales de la MGM de los años cuarenta y cincuenta. Basta ver el impresionante —por los detalles, por el humor, por la coreografía— Thru de Mirror (1936), parodia amable de Alicia en el País de las Maravillas, para comprender el espíritu colorido y alegre del personaje. Eso llegaría a la cima en el episodio de Fantasía (1941), El aprendiz de hechicero, que para muchos es lo mejor del personaje (aunque, curiosamente, carece de mickeymousing al tomar la partitura de Georges Dukas). En 1942 ganó su (único) Oscar, por Lend a Paw, que es en realidad más un corto de Pluto (lo acompaña desde el principio) que de Mickey.

 Mickey y sus amigos
Mickey y sus amigos

Pero Mickey no fue el personaje más “taquillero” de Disney. Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, incluso sin todos sus personajes (como Superman, como el Capitán América) marcharon a Europa o al Pacífico, creció la estrella de Donald. Donald es cascarrabias, las cosas le salen casi siempre mal, sufre más de lo que goza y tiene todos los defectos que el Mickey “canónico” no tiene: es egoísta, es un poco avaro y siempre está en dificultades. Ante el sacudón cultural que fue la guerra —que no, no se ganó fácil ni fue tan gloriosa: vean Fuimos los sacrificados, de John FordArenas de Iwo-Jima, de Allan DwanObjetivo Birmania, de Raoul Walsh o, más reciente, Rescatando al Soldado Ryan, de Steven Spielberg— y el trauma del regreso —Los mejores años de nuestras vidas, de William Wyler—, era hora de un personaje más real, más humano. Donald fue ese personaje.

Mickey ingresó entonces en un lento ocaso hasta que culminó su carrera en 1955 con The Simple Things, con regresos esporádicos a modo de “homenaje” hasta los últimos tiempos. Sin contar la serie animada que se realiza para TV desde 2013, a cargo de Paul Rudish, talento surgido de Cartoon Network (trabajó en Las Chicas Superpoderosas, El laboratorio de Dexter y la más adulta Titán Simbiónico), que es un homenaje surreal y disparatado al “viejo” Mickey de los años treinta, tratado con distancia un poco irónica.

 El Mickey de 2018, de festejo, cumpliendo sus esperados 90 años
El Mickey de 2018, de festejo, cumpliendo sus esperados 90 años

Es raro, pero la historieta de Mickey Mouse, creada por Floyd Gottfredson en 1930, era en realidad una gran continuidad de aventuras con humor, sí, pero más cercana al cómic de esos años (su lazo con el Popeye de Elzie Crysler Segar en lo gráfico o las tramas similares al del inventor de aventuras Roy Craneson transparentes) que a la imagen que tenemos del ratón cuando pensamos en él. El auténtico Mickey es, hoy, casi un desconocido, cuya imagen sonriente ha tenido una sobrevida muchísimo mayor que sus peripecias. Es menos una personalidad que una promesa de felicidad a primera vista y un juguete que a veces se anima. Y probablemente por eso es que se ha convertido en uno de los pocos iconos universales que superan barreras de edad, época y cultura. Cumplirá cien años, cumplirá muchos más: Mickey Mousees una de las pocas eternidades de las que somos contemporáneos. Seguramente aún siga por aquí, prometiendo alegría, cuando nos toque irnos.

Fuente: Infobae

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