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Mónica Cahen D’Anvers y César Mascetti celebran 40 años de amor

En su primera producción fotográfica juntos desde 2003, cuando se retiraron de la televisión, abren las puertas a ¡Hola! Argentina a «La Campiña», su paraiso de San Pedro

«Quedate tranquila que a César lo tengo amenazado», dice Mónica Cahen d’Anvers (80), con su característico buen humor. Después de compartir su vida durante casi cuarenta años junto a César Mascetti (73), la reconocida periodista ya sabe cómo convencer a su marido para que finalmente se suba a un tractor y pose para la producción de ¡Hola! Argentina. Reacio a convertirse en el centro de atención, el «Gaucho» accede con una sonrisa aunque insiste, cada vez que puede, que la nota debería ser sólo a su mujer. «Ella es la verdadera estrella, la mejor periodista argentina contemporánea», afirma con orgullo y, acto seguido, trepa al tractor. Esta es la primera entrevista que dan a un medio gráfico desde que anunciaron su retiro de Telenoche, en diciembre de 2003, tras treinta y siete años de carrera en la televisión. La idea era seguir apostando a su proyecto más querido: «La Campiña de Mónica y César»,

el emprendimiento que comenzaron en San Pedro en los años 80 –que hoy cuenta con plantación de naranjos, rosales, azares y una gran huerta– ubicado a once kilómetros de su casa de campo «El Independiente». Cada vez que dejan la ciudad –de lunes a viernes tienen su programa en Radio Del Plata– se entregan de lleno a la vida de campo. «La verdad, nunca nos arrepentimos del cambio. Cuando estábamos pensando en irnos de la tele, un brillante psicoanalista con el que hacíamos terapia nos tiró una frase que terminó por definir nuestra decisión: ‘No sé ustedes, pero yo quiero que a mí la muerte me encuentre vivo’, dijo. Y ahí se nos bajó el telón. ¿Qué sentido tenía seguir trabajando con semejante carga horaria si eso no nos permitía estar más conectados con la vida? Nosotros también queremos estar vivos cuando nos llegue la hora. Somos viejos vitales y transitamos esta etapa de nuestras vidas con la plena certeza de que estamos aprovechando cada instante que tenemos», revela César.

–Más de una vez dijeron que este era su lugar en el mundo…

César: Llegamos acá en busca del sol, del río, el perfume de las flores, los pájaros. Todo lo que no encontrábamos en la ciudad. A pesar que en los 80 el camino hacia acá era un verdadero descampado, decidimos tirarnos el lance. Además de seguir ese llamado interior, teníamos una clara visión de entender a San Pedro como el proyecto para un determinado momento de la vida, que es este. La campiña es un sueño que venimos criando desde hace treinta y cinco años y que logramos hacer realidad.

Mónica: Además, hay una cuestión de querer poner en la balanza las cosas por las que vale la pena pelear en la vida y dejar a un lado las cosas que no. El campo de mi familia Láinez en San Miguel del Monte es divino, pero eso representó mi niñez y mi juventud, y esta campiña y nuestra casa en «El Independiente» es mi adolescencia, mi madurez y mi vejez.

–¿Qué hacen cuando están acá?

César: Un poco de todo. Nos ponemos al día con las cuestiones de «La Campiña». Después, aprovecho para ver cómo sigue mi palomar… Con mis palomas participo de las carreras que se organizan los domingos en San Pedro. Esto es algo que vengo haciendo desde los 12 años. Las palomas tienen la magia de hacerte volar; de alguna manera, volás con ellas.

Mónica: Es un colombófilo de pura cepa, hasta ganó premios y todo. Yo me levanto bien temprano y voy derecho al vivero. Me encanta ser parte de ese proceso donde ponés una semilla y después crece algo. Es maravilloso. Y si son rosas, ¡me fascinan! Acá tengo trescientos rosales que me regaló César cuando cumplí 70. Después no digan que no es un romántico. [Se ríe].

ASI SE CONOCIERON

No fue amor a primera vista. Ellos mismos admiten que apenas se toleraban cuando se conocieron. Hija del conde francés Gilbert George Louis Cahen d’Anvers y de la argentina María Elina Láinez Peralta de Alvear, Mónica ya se destacaba como periodista en Canal 13 cuando se cruzó por primera vez con César, en 1971. Si bien en algún momento se había tentado con la actuación –ella fue una de las protagonistas de la telenovela El amor tiene cara de mujer durante cuatro años–, su vocación por el periodismo terminó por definir el resto de su vida. Tras separarse de Iván Mihanovich, con quien tuvo a sus dos hijos, «Vane» y Sandra, se volcó de lleno a su carrera. Y fue en su ciclo Mónica presenta donde se reencontró con Mascetti y ahí comenzó su historia de amor. «El me parecía un hombre insoportable. Era muy buenmozo y se sabía lindo. Todos los días había mujeres en la puerta del canal y lo esperaban a que saliera. Un 7 de junio, Día del Periodista, nos encontramos en una fiesta de Goar Mestre. Sólo sé que cuando nos fuimos, él se subió a su auto y yo al mío, y en vez de ir por caminos separados, nos volvimos juntos y nunca más nos separamos. Si me preguntás, te juro, que no sé por qué. Y es tal la maravilla que vivimos que nunca nos pusimos a pensar qué pasó. Es lo que fue, es lo que hay y estoy feliz de que sea así», recuerda Mónica.

–Después de vivir veinticinco años juntos, en 2003 decidieron casarse.

Mónica: Hace casi cuarenta años que estamos juntos… ¡y veinticinco los vivimos en pecado! [Se ríe]. En 2003, cumplimos las Bodas de Plata, así que aprovechamos la fecha y nos casamos. Nos pareció que era un buen regalo de aniversario. Le dije a César: «¿No te parece que es hora de que firmemos un papelito para que se sepa que esto es en serio?». Y lo hicimos.

–¿Cómo fueron estos cuarenta años de amor?

Mónica: Nada más mentiroso que «son el uno para el otro porque son idénticos y se llevan de maravillas». César y yo somos como el blanco y el negro. El es el que piensa y planea, y yo soy la que ejecuta. Y creo que gracias a las diferencias que nos distancian estamos juntos.

César: Un poco se trata de tener la suerte de haber encontrado a la mujer de mi vida… Yo quiero creer que soy el hombre que completó su vida. Lo nuestro es un complemento acertado. Te juro que ella no para un minuto. Hay momentos en que me cuesta seguirle el trote. [Se ríe].

–Imagino que también habrán atravesado más de una crisis…?

Mónica: Hemos pasado de todo y más de una vez nos hemos mandado al demonio con una bronca extraordinaria. El es más retraído y serio y yo soy más pasional, más ruidosa. Suelo dejarme llevar por el enojo del momento, pero la verdad es que nuestras peleas siempre duraron un par de horas. La cámara nunca nos enganchó, pero más de una vez ligó una patada por debajo del escritorio.

–¿Son celosos?

Mónica: ¡Sí! Los dos. El tema es que César no lo dice y se hace el desentendido, pero después me pasa factura. Yo soy asquerosamente celosa. No me refiero a cuando viene Ingrid Grudke y a César se le cae la baba como a todos los hombres. El tiene como la mirada fácil, ¿viste? Se le van los ojos… Lo que en realidad me da celos es cuando le da demasiada importancia a cosas que no quiero que le dé: una relación con alguien o un determinado trabajo.

–¿Qué te dejó el periodismo?

Mónica: [Lo piensa]. Me hizo mejor persona. Yo nací en un mundo con muchas ventajas, con comodidades, plata, niñera y, en ese sentido, mi trabajo me mostró otra realidad. La primera nota que me encargaron fue recorrer una villa de emergencia y lloré tres días. Nunca había visto un chico con hambre, nunca había visto un chico descalzo, ni casas que se caían a pedazos. El periodismo me transformó, me abrió los ojos.

–El año que viene se cumplen cincuenta años desde que empezaste tu carrera en televisión. ¿Cuál considerás que es tu nota más sobresaliente?

Mónica: Me quedo con la cobertura del hombre llegando a la Luna. En el 69 fui a Cabo Cañaveral con el camarógrafo «Cacho» Tenore. Nadie podía creer que fuéramos sólo nosotros dos. Los japoneses habían llevado un equipo de veinticinco personas y los franceses, quince. Era una locura, hacíamos las notas y después salíamos corriendo y despachaba las latas (en aquel momento se usaban cintas de cine) al avión para que llegara el material al noticiero al día siguiente. En Houston conseguí una nota con el físico nuclear Wernher von Braun, padre de la cohetería mundial que construyó el Apolo XI que llegó a la Luna. Mientras «Cacho» filmaba, yo sostenía la luz. Fue genial. Me acuerdo de que en un momento dado de la charla se escucharon voces detrás de la puerta. Von Braun se levantó y se escuchó una mujer diciendo: «Soy Oriana Fallaci, de la RAI. Vengo a verlo». Y él enseguida le contestó: «Ahora no puedo atenderla, estoy con una periodista argentina». Yo no podía creer lo que escuchaba, estaba tan orgullosa que no cabía en mi piel.

LA SUERTE DE ESTAR BIEN

–Mónica, tenés dos bisnietas: Elina (3) y Amalia (1 año y medio). ¿Cómo vivís esta nueva etapa?

–Estoy chocha. Cada vez que me dicen «Moca», me muero de amor. Por suerte, el Tata Dios me sigue cuidando la salud, así que las disfruto como loca. Esa frescura e ingenuidad que te transmiten los chicos siempre te renuevan las energías.

–¿Le tenés miedo a la muerte?

Mónica: Cada tanto fantaseo con ese momento. Me gusta pensar que no voy a sufrir y que cuando llegue la hora, sea de manera repentina, sin darme cuenta. He visto a tanta gente sufrir que quisiera irme antes que la «otra bestia». [Lo dice señalando a su marido].

–¿Alguna vez te hiciste una cirugía plástica?

Mónica: Nunca me hice nada. Cuando cumplí 50 años me miré al espejo y me sentí una vieja, así que consulté al cirujano que había operado a Norma Aleandro. Recuerdo que pensé: «Si César sabe que estoy en esta consulta médica, me mata». Así que se lo blanqueé y me dijo algo que me conmovió profundamente. «Mónica, yo te quise cuando no tenías una sola arruga y te sigo queriendo con todas las que tenés hoy. Vos y tus marcas son parte de mi vida. Si no, ¿qué voy a hacer yo con una chica sin arrugas?». Si eso no es amor, no sé qué es.

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