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Padres “bajo presión”

Nuevas pautas sociales y culturales transforman el vínculo con los chicos. Se ha pasado de una generación que explicaba poco a una que explica todo. Más exigencias, menos certezas y nuevos miedos entre los padres jóvenes

 

Hay una generación de padres, con hijos nacidos en el segundo milenio, que vive “bajo presión”. Es la generación de los padres sin certezas; cargados de dudas; acosados muchas veces por temores; desafiados por chicos hiper informados que parecen haber nacido con una tablet bajo el brazo. No es -por supuesto- una realidad universal; apenas la de la clase media de los centros urbanos y suburbanos.

El vínculo entre padres e hijos de esta nueva generación es, quizá, de mayor proximidad, acaso más expresivo y amoroso que el de generaciones anteriores; seguramente más “horizontal” y menos asimétrico. Los “nuevos padres” son hijos del psicoanálisis o la autoayuda. Aun envueltos en incertidumbres, se aferran a la cercanía como un terreno seguro. No son ni más ni menos felices –seguramente- que aquellos que criaron a sus hijos en las certezas del siglo XX. Vivir “bajo presión” no los convierte en padres torturados ni agobiados. Pero hay un rasgo que observan casi todos los especialistas que trabajan sobre estos temas: son padres más exigidos por sus hijos y por su propio entorno. Eso los obliga a una especie de alerta permanente.

Hace ya varias décadas que el ámbito social acompaña y contiene menos a los adultos y a los chicos. Esto significa que el barrio, la escuela pública, el baldío de la otra cuadra y hasta los vecinos han dejado de ser una extensión del propio hogar y la familia. Lo fueron quizá hasta los años setenta, aunque esa frontera temporal podría ser muy discutible. Hubo una generación que se quedaba tranquila si sus hijos estaban en la esquina, que encontraba en el barrio un espacio confiable, que sabía que a sus chicos también los cuidaban los vecinos, que no dudaba en enviarlos a la escuela pública más cercana, porque allí se le ofrecían garantías. Era un tiempo en el que funcionaban alianzas tácitas pero muy sólidas: entre padres y maestros; entre los adultos (si lo decían “los mayores” no se discutía); entre el ciudadano y las instituciones. Todas esas alianzas hoy están, por lo menos, en tela de juicio.

PADRES E HIJOS CON MIEDO

Los padres de la nueva generación conviven con el temor. Los chicos –que han incorporado el miedo como una variable de su vida cotidiana- no pueden estar solos en la calle y eso demora su independencia. La inseguridad deriva en mayores exigencias: el fenómeno de los “padres-taxis” se ha convertido en una realidad que impacta hasta en los ámbitos laborales. Con madres y padres que trabajan a la par, uno y otro se ven obligados todo el tiempo a “escaparse” para llevar o traer a chicos que ya transitan la adolescencia y que sin embargo no terminan de soltarse. El fenómeno también tiene impacto urbanístico, aunque parezca una afirmación forzada: basta ver el caos de tránsito en las puertas de los colegios, aún de los secundarios, donde antes la mayoría llegaba y se iba en transporte público.

La vida social de los chicos de clase media ya no se desarrolla en el barrio. Eso multiplica las demandas de movilidad y exige más a los “padres-taxis”. Quizá esta suerte de independencia retrasada sea uno de los factores que incidan, más adelante, en un fenómeno conocido: los jóvenes demoran cada vez más la partida del hogar paterno. Por eso se habla del síndrome del “nido lleno”, una tendencia que corroboran los datos del último censo nacional: casi el 20 por ciento de los jóvenes de entre 30 y 35 años se declaró “hijo del jefe o jefa del hogar”.

NUEVAS PEDAGOGIAS

No sólo las patologías urbanas –como es la inseguridad- derivan en una mayor exigencia a los padres. También algunas evoluciones virtuosas hacen que el “trabajo” paterno y materno se vea recargado. Las nuevas pedagogías demandan un rol más activo y participativo de los padres en la escuela. Ya no alcanza con ser socio de la cooperadora. Hay que ir a todos los actos escolares; a exposiciones de trabajos plásticos o demostraciones del progreso en talleres de música o computación. También a la feria de ciencia; al encuentro del Día de la Familia y a las periódicas reuniones informativas. Forma parte de este vínculo de mayor proximidad y responde a nuevos conceptos sobre el rol de los padres en la educación de sus hijos. Los chicos se han convertido en guardianes celosos de esos compromisos: si los padres no van a la fiestita del colegio, se ocupan de reprocharlo y subrayar la falta.

Hay pedagogos que se permiten cuestionar algunos de estos estándares. Gustavo Iaies, por ejemplo, pone reparos a lo que se llama el “periodo de adaptación” en el inicio del jardín de infantes y aún de primer grado. Es, como se sabe, una etapa de transición: los padres no terminan de dejar a los chicos y los docentes no terminan de “hacerse cargo”. Iaies dice que ahí hay algo de “desconfianza” de los padres y de “inseguridad” de los docentes y ubica en ese punto el inicio de una crisis. Sea como sea, ya en ese “periodo de adaptación” hay un “trabajo” que no tenían los padres de generaciones anteriores. El propio nombre de ese proceso define un rasgo de esta época: así como el Jardín de Infantes “se adapta” a los niños, los jóvenes –señala en un trabajo el pedagogo Juan Ruibal- “crecen en ámbitos que en general se adaptan más a ellos, sin imponerles (reglas ni condiciones). Sus padres cambian horarios, lugares de vacaciones, actividades, etc. Para ajustarlos a sus necesidades”.

LOS HIJOS DEL CONFORT

Si el “sistema” es ahora más demandante, hay que decir que también lo son los chicos. Los hijos de este milenio se han acostumbrado – en los hogares de clase media- a estándares de confort y de consumo que no tuvieron sus propios padres. Lo sintetiza el economista Martín Tetaz en su último libro (“Lo que el dinero no puede comprar”) :”… una lata de bolitas, los restos de un camión y un cajón de manzanas, me alcanzaban para lo mismo para lo que hoy se necesita una play”. Tetaz no pertenece a una “antigua generación”. Nació en diciembre del 74.

Las pautas de consumo de la clase media y el vértigo de la tecnología se han convertido, para los padres de este tiempo, en otra dura exigencia. Si hicieron un gran esfuerzo para comprarles a los chicos la Play 4 –que cuesta el equivalente a casi tres sueldos mínimos en la Argentina- deben saber que en pocos meses quedará “vieja” y que los chicos vendrán a la carga por la Play 5. ¿Cuánto tiempo resiste un padre de clase media a la demanda de su hijo para tener su primer celular? Aún los más reticentes, terminan cediendo entre los 12 y los 13 años, porque la falta de celular ahora convierte a un adolescente casi en un ser aislado. Por supuesto, los chicos no se conforman con cualquier celular. Si no tiene internet, whatsapp, 4G y una buena capacidad de memoria, no califica. Son aparatos que, en promedio, no cuestan menos de 6 mil pesos. Por supuesto, siempre son los padres los que deben marcar el límite y decir “hasta acá”. Pero la presión del entorno no es un dato que pueda soslayarse. Estudios de las propias empresas de telefonía móvil dicen la “edad real” en la que los chicos tienen su primer celular es entre los 10 y los 12, aunque la demanda empieza a las 7.

CUMPLEAÑOS CAROS

No sólo en materia de “juguetes” se ha subido la vara y la expectativa del consumo. Los festejos de cumpleaños (así como el tiempo de ocio y las vacaciones de los chicos de clase media), ahora implican para los padres un nivel de gastos, de dedicación y de logística que suma “presión” y exigencia allí donde antes había, naturalmente, una torta con gaseosas y chocolatada para festejar con unos compañeros en el fondo. Las casas de fiestas infantiles, las animaciones –que compiten en originalidad y sofisticación- y los regalos tecnológicos, ahora empiezan en jardín de infantes y terminan, con suerte, en la Universidad. Antes se ahorraba algunos años para la fiesta de 15 de la nena y para un buen regalo a los 18 del varón. Y ningún padre sentía culpa por no reservar casita y animación con ocho meses de antelación para festejar todos los años. Un cumpleaños infantil implica, en estos días, un gasto de entre 8 y 10 mil pesos. Y todo el tiempo aparecen nuevas ofertas: ahora están de moda las animaciones con un dron. Muchas adolescentes, mientras tanto, cambian la fiesta de 15 por el viaje a Disney. Para la nueva generación de chicos de clase media, ir a Disney parece una aspiración básica.

Todas las pautas de confort y de acceso a determinados bienes se han revolucionado en el lapso de dos generaciones. Los chicos de la clase media urbana no pueden imaginar un mundo sin computadoras ni MP3, como no pueden imaginar un mundo sin aire acondicionado, sin conexión las 24 horas y sin un “padre taxi” que los lleve y los traiga todo el tiempo. Es una generación poco adaptada a las dificultades. En una sociedad más tabicada y compartimentada, muchos hijos de esa clase media no conocen la realidad de una inmensa mayoría que vive sin gas, sin calefacción y sin abrigo suficiente, en viviendas precarias y con acceso nulo o muy limitado a la tecnología. Los espacios en los que se amalgamaba la sociedad -los barrios, la escuela pública, las sociedades de fomento- se han desdibujado. Hasta han desaparecido, prácticamente, los símbolos que igualaban, como era –por ejemplo- el guardapolvo blanco o la pelota en el potrero del barrio.

ASIMETRIA INVERTIDA

En el sector social que nace con banda ancha, la tecnología no sólo ha transformado las pautas de consumo, de comunicación y hasta de sociabilidad. También plantea, en la relación de padres e hijos, una “alteración” que podría ser más significativa de lo que parece a simple vista. Hubo una generación en la que los padres sabían más que sus hijos de todos los temas y en todos los campos. Si no era así, funcionaba un acuerdo tácito para que así fuera. Los “nativos” de la era digital son, ahora, chicos que saben de tecnología mucho más que sus padres. Y que los miran casi como “discapacitados digitales”, ubicándose en un plano de superioridad –al menos simbólica- que hubiera sido inimaginable para hijos de otros tiempos. Si la asimetría caracterizaba la relación entre padres e hijos, ahora parece haber una suerte de asimetría invertida: al menos en el terreno digital –que atraviesa todos los planos de la vida cotidiana-, los chicos están en una posición de fuerza y de superioridad.

Todavía la sociología y la psicología no tienen conclusiones definitivas sobre cómo terminará impactando la tecnología en las nuevas generaciones; en qué los convertirá cuando dejen de ser hijos y se conviertan en padres. Pero ya observan que los chicos ahora viven más “encerrados”; más “protegidos” y a la vez más expuestos detrás de las pantallas; más dependientes de estos elementos y de quienes se los proveen. Todo esto, a su vez, genera incertidumbre y nuevos miedos entre los padres, a los que les cuesta seguir la vida virtual de sus hijos. ¿Qué hace todo el día en las redes sociales? ¿Con quiénes se vincula? ¿En qué trampas puede caer? Son fantasmas que acosan a los padres todo el tiempo. Cuando los adultos se han familiarizado con Facebook, los chicos ya se mudaron a Snapchat, a Instagram y a Twitter.

Frente a esos fantasmas, tampoco hay consensos muy sólidos. Los padres de la nueva generación debaten, por ejemplo, si deben revisar o no el teléfono de sus hijos. Es la generación de padres que se cuestiona a sí misma, que suele vivir con culpa los enojos con los chicos, que acepta el cuestionamiento, que no se siente cómoda diciendo “Es así, porque lo digo yo”. Y que todo el tiempo se ve obligada a explicar. Esto quizá la haga más sensible, más tolerante, más afectuosa y menos atravesada por prejuicios. Pero también la convierte en una generación más exigida y demandada, hasta por sus propios valores y juicios culturales. La familia se ha convertido en una suerte de asamblea, donde todo se discute y se pone en duda. Es estimulante, desafiante y trabajoso.

NADA ES “TAN ASI”

Las creencias de generaciones anteriores ahora son puestas en duda, también, por innovadores estudios científicos que permanentemente aportan nuevas orientaciones. Exigirles a los hijos que prestaran atención a lo que se les decía y que ordenaran su cuarto, eran pautas básicas que se manejaban en cualquier hogar. Ahora los especialistas dicen que “luchar contra el desorden y la distracción de los chicos puede entorpecer su aprendizaje”. Si antes estaba claro que los hijos debían acostumbrarse a dormir en su cama, ahora aparecen psicólogos y pediatras que reivindican el “colecho” (un neologismo que justifica que los nenes duerman con los padres en sus primeros años). Obligarlos a “tomar la sopa” es visto ahora como una antigüedad antipedagógica y estresante. Recomiendan, en todo caso, consultar a un nutricionista infantil. Y la lista es mucho más larga. Por eso es que los padres se debaten en una realidad cambiante, discutida, innovadora, en la que aparecen nuevas opciones y desaparecen antiguos dogmas.

Hasta en las propias comunidades de padres se generan “tribunales cotidianos” que ponen de alguna forma en discusión lo que cada uno hace con sus hijos y hasta el ritmo con que lo hace. Los grupos de whatsapp del colegio son, en ese sentido, un fenómeno novedoso: a través de ellos se produce una especie de conversación permanente sobre la actividad de los chicos, que muchas veces potencia ansiedades, culpas y equívocos de todo tipo. Los especialistas han detectado, por ejemplo, que al enterarse por el whatsapp que otras madres se están ocupando de las tareas de los chicos o ya compraron el material que necesitan para la clase de la semana próxima, muchas se sienten “en falta” por estar en otra cosa o retrasadas con esos compromisos. Forma parte de este mundo de mayor exigencia y de “presiones del entorno” que viven los padres contemporáneos. Atender los grupos de whatsapp se ha vuelto, en definitiva, una carga adicional en la crianza (hay grupos de “mamis” del colegio, del club, de las familias de patín y de cuanto quiera imaginarse). Han derivado en promotores de tantos malos entendidos, que en algunos colegios ya han creado “reglamentos” para la participación en esos foros.

Por momentos parece agotador. Pero ser padres siempre ha sido -después de todo- un compromiso duro. Quizá el desafío de ahora sea aprender a convivir con la incertidumbre. Y transmitirles a los hijos los valores perdurables, aún en una sociedad cambiante. El juego limpio –al fin y al cabo- se puede aplicar tanto a la bolita como a la Play 5.

Zapping

Los especialistas dicen que, con el celular, los chicos viven en un estado mental de “zapping permanente”. Por eso -explica el doctor Pedro Barcia- les cuesta fijar la atención en un punto fijo y concentrarse

Miami

Para chicos de clase media, ir a Miami se ha convertido casi en una aspiración básica. Es un símbolo de nuevas pautas culturales y de consumo, que plantean una mayor presión a los padres. Algo similar ocurre con la tecnología

Taxis

Los “padres taxis” son la expresión de una época en la que los chicos han perdido autonomía y contención en el espacio público. La obligación de llevarlos y traerlos domina la rutina cotidiana de las familias de clase media. Tiene impacto en los trabajos y en las calles.

Fuente:http://www.diariodecultura.com.ar/

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