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Pobreza: la cara más dolorosa de la Argentina

Fernanda Raverta:

Despertar y saber que no hay ni una galletita para darle a tu hijo. Niños que solo comen en la escuela o en el comedor del barrio. Adultos mayores que no pueden pagar los remedios. Esa es la realidad de muchos argentinos que solamente pueden pensar cómo van a sobrevivir día a día.

En épocas donde los aumentos de tarifas se cuentan de a 200 o 300 por ciento, en las que la devaluación del peso supera el 125%; un 27,3 y un 4,9 pueden parecen porcentajes menores. Podrían serlo si no fuera porque representan la cara más dolorosa de la Argentina: la pobreza y la indigencia.

Los números y los indicadores son buenas herramientas para realizar estudios comparativos y para evaluar tendencias, pero también pueden tergiversar la percepción de determinadas realidades o fenómenos: 27,3% son en realidad 11 millones de personas. Ya no parece lo mismo. Si quisiéramos darnos una idea, imaginemos que es casi el 75% de toda la población de la provincia de Buenos Aires. O 18 veces los habitantes de Mar del Plata, la ciudad donde vivo, donde, según la última medición, la indigencia se duplicó.

Lamentablemente estos números se encuentran dentro de una tendencia que seguirá en alza. El país tiene 750 mil personas más que no alcanzan a cubrir las necesidades básicas (alimentación, salud, educación, vestimenta, entre otros ítems) que la anterior medición del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). El propio presidente Mauricio Macri ya anticipó que las próximas mediciones nos mostrarán una realidad aún más dolorosa.

Pero en estas líneas no solo quiero referirme a los números, sino al riesgo que supone naturalizar la pobreza. Si dejamos que se cristalice en un número que uno lo mira como si fuese la temperatura, caeríamos en un gravísimo error como sociedad.

Me recibí de licenciada en Servicio Social en la Universidad Nacional de Mar del Plata en el año 2000 e inmediatamente comencé a trabajar en los barrios vulnerables de la ciudad. Atravesé todo el proceso de la tremenda crisis económica y social de 2001, y por eso los números de la pobreza y la indigencia para mí tienen rostros concretos, son historias con nombre y apellido.

Estos hogares que hoy se encuentran por debajo de la línea de pobreza no solo están en una situación de vulnerabilidad por la falta de ingresos, ya que la inflación hace que la misma plata les alcance para comprar mucho menos. Además el Gobierno los ataca con la desarticulación de políticas públicas que los contenían. Esas familias están compuestas por chicos que en la escuela ya no reciben una netbook, que cuando van a una salita, ya no les aplican el refuerzo contra la meningitis. Por padres que lo que antes destinaban a sus hijos ahora lo tienen que usar para pagar la luz y el gas; por abuelos que son obligados a dejar de tomar medicamentos porque PAMI ya no se los cubre.

La tarea del Estado es cuidar, equiparar oportunidades, generar las condiciones para que la comunidad se desarrollen de manera armónica y equitativa. Esa es la diferencia entre tener una perspectiva de derechos a una filantrópica o caritativa.

El Gobierno de Macri, al compás de los recortes, se propone dar una batalla conceptual contra el modelo de Estado garante de estos derechos. Estigmatiza los derechos adquiridos y los hace responsables del «déficit fiscal». A partir de allí arremete contra las pensiones, las jubilaciones, el calendario de vacunación, la universidad pública y tantos otros más. Es imperioso reflexionar sobre esto. De lo contrario, corremos el riesgo de que incluso personas bien intencionadas crean que una política contra la pobreza es dar un aumento por única vez de la asignación universal por hijo (AUH) de 1200 pesos, como hizo el Gobierno semanas atrás. Afrontar un verdadero combate contra la pobreza es mucho más que alarmarnos con un dato que nos duele una vez cada tres meses, requiere ver y valorar de manera integral las políticas públicas de un Estado presente y activo.

Fuente: Infobae

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