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Por qué se le teme al cambio

Siempre es más fácil reclamar a otro que cambie antes de asumir los errores propios. Modificar una conducta implica dejar atrás juicios de valor muy arraigados

Asegura el saber popular que «es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio», algo así como que resulta siempre más sencillo ver los defectos en los demás que en nosotros mismos.

Quien no tenga a mano una lista de «aspectos que debería cambiar» su pareja, sus amigos, sus padres o hermanos, que tire la primera piedra. Ahora, ¿podemos con la misma facilidad elaborar la lista propia?

Seguramente cada persona cuenta con infinitos aspectos para modificar. Pero de ahí a lograr «verlo» hay una brecha.

«Si nos basamos en que nada se puede controlar, salvo nuestra propia voluntad, podremos observar que nadie cambia si no quiere o no le ve el valor. El querer cambiar nos llega de la mano de resultados poco efectivos o fallidos, y de cómo se presenten los cambios», analizó el ingeniero Juan José Arévalo, master coach profesional, para quien «muchas veces las personas se resisten a las transformaciones que no entienden o que les son impuestas».

Es por eso que resulta importante el cómo y desde dónde las planteamos. Entender que el cambio no es necesariamente consecuencia del fracaso. ¿Es posible cambiar sin miedo?

Para Arévalo, «resulta tedioso reflejar una imagen según lo que se espera de nosotros, sin embargo, en el comienzo de nuestras relaciones, no nos cuesta demasiado devolver un perfil que sea aceptado por los demás. Pero luego de un tiempo, es probable que nuestra naturaleza tienda a mostrarnos tal cual somos».

Suele decirse que podemos engañar a pocos por mucho tiempo, o a muchos durante poco tiempo. Pero siempre nuestra esencia saldrá a la superficie, si es que no le otorgamos valor al cambio verdadero.

Modificar al otro parece ser la tarea de nuestros padres, parejas, jefes y amigos. «El objetivo es que actuemos como un espejo para ellos, o su deseo de controlarnos. Esta ilusión se constituye en frustración, y desemboca en peleas y desencuentros que pueden terminar con los vínculos. Lo mejor será aceptar en los otros sus «estar siendo», que si bien son modificables, tal vez no lo sean por nosotros», insistió el especialista.

«LAS INNOVACIONES EN NUESTRAS VIDAS NO NOS RESULTAN FÁCILES, SIN EMBARGO LE DEMANDAMOS AL OTRO QUE, EN EL MENOR TIEMPO POSIBLE, SE DESHAGA DE LO QUE NO NOS GUSTA»
Tras asegurar que «tendemos a rechazar en los demás aspectos que no toleramos en nosotros mismos y, a partir de allí, proyectamos en ellos esos atributos, prejuzgando y castigando a quienes legítimamente son como son», Arévalo destacó que «las situaciones, desde afuera, son más sencillas de ver, y esto hace que sea más fácil observar lo que los demás tienen que cambiar. Pero en nuestras propias vidas, solemos no acusar recibo de esos aspectos a modificar».

«Las innovaciones en nuestras vidas no nos resultan fáciles. Sin embargo, le demandamos al otro que, en el menor tiempo posible, se deshaga de lo que no nos gusta», remarcó y, en ese sentido, enfatizó: «Es más fácil reclamarle, que ser nosotros mismos los que asumamos esa transformación, negociando y aceptando en pos de una relación que sostenga el vínculo».

Los juicios, atrás

«Si nos manejamos en nuestras vidas entre una serena y una completa aceptación, podemos dejar atrás los juicios que nos tienen atados en conversaciones internas, e inclusive públicas. Estos juicios nos mantienen prisioneros del pasado, y suelen evitarnos avanzar verdaderamente», remarcó el especialista, para quien, no obstante, aceptarlo todo tampoco nos ofrece la garantía de poder ser felices».

La relación con la aceptación, tanto cuando nos rebelamos como cuando decidimos rechazar lo que se nos presenta, es una oportunidad para cambiar el resultado que nos parezca poco efectivo, y así alcanzar nuestros objetivos soñados.

Según Arévalo, «muchas de las enfermedades que padecemos se deben a la falta de aceptación de algo que nos aqueja, lo cual nos lleva a somatizar dolencias o agravar síntomas que no son muy fáciles de remediar». «Como no podemos dar lo que no tenemos, necesitamos empezar a aceptarnos a nosotros mismos, para poder aceptar a los demás y a nuestros resultados», remarcó.

El compromiso y la transformación, al servicio del cambio

De la mano del compromiso, pueden empezar a aparecer las primeras herramientas que nos van a permitir recorrer el camino hacia la transformación. Arévalo describió:

* La declaración. Actúa como puente entre lo que nos venía pasando y lo que empieza a pasarnos. Todo cambio suele comenzar con ella, y es fundamental para que el mundo se entere de nuestro compromiso. Si bien una vez que declaramos nuestras intenciones, pueden despertarse resistencias externas que no operen a favor, le daremos la chance a nuestro entorno para que nos ayude a alcanzar lo que deseamos. La declaración les permite a los demás apoyarnos y acompañarnos, y nos recuerda el camino que hemos emprendido.

* Programar por etapas. Puede permitirnos supervisar nuestros avances y reducir la complejidad de una visión completa. De esta manera, se disminuyen los distintos grados de complicación.

* Los pedidos y las ofertas. Los pedidos se suelen realizar en base a lo que nos falta y necesitaremos completarlos, entre otras cosas, con las condiciones de satisfacción suficientes para que no generaren posibles reclamos. Como los pedidos, a diferencia de las órdenes, incluyen la posibilidad de que nos digan que no. Diseñar un plan B es una de las claves para que una negativa no resulte una catástrofe. Para completar y acompañar los pedidos, las ofertas deberían tener similar magnitud.

Prohibido «tirar la toalla»

Seguramente, entre nosotros y nuestro objetivo de cambio se encontrará un obstáculo. Y si explicamos que por él abandonamos la meta, ese obstáculo sería un problema. En cambio, si en pos de focalizarnos en las transformaciones, nos deshacemos del obstáculo, de diferentes e innumerables formas, este se habrá convertido en un quiebre.

«Dentro de los apoyos a los que podemos recurrir para no abandonar el objetivo se encuentra la posibilidad de chequear cuál es nuestro verdadero compromiso con la transformación. Esta es una manera de fortalecernos, en aquellos momentos en los que surgen los quiebres que nos hacen dudar o pensar en abandonar a mitad de camino», recomendó el coach.

Resignados y estancados

Cuando nos resignamos a algo, siempre queda una frustración, un enojo por lo que no pudimos lograr. En este estado de ánimo, explicamos la no factibilidad de alcanzar la transformación.

Arévalo explicó que «la resignación tiene matices que van desde la serena resignación hasta la resignación completa. En un extremo tenemos una actitud de aceptación, dada la imposibilidad fáctica, como puede ser una pérdida física o económica. En el otro, puede ocurrir que estemos en un estado de ánimo de angustia o victimización, pero aun así sigamos adelante sin desafiarlo».

«CUANDO TENEMOS LA CREENCIA DE QUE NADA DE LO QUE HAGAMOS PUEDE CAMBIAR UNA DETERMINADA SITUACIÓN, PROBABLEMENTE NOS ENCONTREMOS FRENTE A LA RESIGNACIÓN»

«Cuando tenemos la creencia de que nada de lo que hagamos puede cambiar una determinada situación, probablemente nos encontremos frente a la resignación. El sentirnos derrotados, frustrados o agotados suelen ser signos de este estado», describió, y consideró que «hay que tener claro que siempre se resigna en algún ámbito en pos de otra cosa». Así, resignamos horas de estar en familia por horas de trabajo tras una situación económica mejor, cambiar el auto por una refacción en nuestro hogar, o un trabajo mal remunerado por estar cerca de casa. En el fondo siempre elegimos, y nuestra calidad de vida dependerá de estas elecciones y de cómo nos sintamos.

«A diferencia del conformismo, la resignación nos puede dejar en un lugar de no aceptación, autoimponiéndonos una realidad que si bien no queremos, la transitaremos sin desafiar. En cambio, en el conformismo afrontamos la realidad, aceptándola», destacó Arévalo, quien finalizó: «La conocida frase ‘es lo que hay’ suele ser el pensamiento de quienes se resignan. Toman estos juicios como realidades fundamentadas, y en muy pocas oportunidades desafían al contexto porque continúan explicando el presente».

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