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Todo lo que me hubiera gustado saber antes de ir a la universidad

Porque ser novato nunca fue fácil.

En uno de los intentos de esta era moderna en la que vivimos de diseñar un mundo nuevo y más próspero, el gobierno francés creó un calendario y colocó el Año Nuevo en septiembre. Esto siempre me ha llamado la atención y, después de doce años en el colegio más una década en la universidad, he llegado a la conclusión de que el equinoccio de septiembre es la verdadera época del año de cambios y nuevos comienzos.

Pocas de esas revoluciones personales son tan increíbles como el primer año de universidad, sobre todo si es la primera vez que vives fuera de casa. Como yo ya soy un vejestorio de 30 años, he tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre las locuras que hice de más joven y llegar a alcanzar la verdadera sabiduría. Os ofrezco este tesoro y espero que os sea útil, aunque sé que no haréis mucho caso porque estaréis entre los 18 y los 21 años, lo que significa que ya sois las personas más inteligentes de la historia de este planeta.

No pasa nada si no tienes ni idea de lo que estás haciendo
Te machacan tanto con la idea de que la universidad es buena e imprescindible para tu futuro que quizás te saturas pensando que debes descubrir e iniciar tu camino antes de acabar el primer semestre porque, de lo contrario, estás fallando a la vida. Pero eso no es cierto. Tus estudios son obviamente importantes, pero, mirándolo desde una perspectiva más realista, no lo son todo. Así pues, tómate tu tiempo y abre tu abanico de posibilidades para que no acabes perdiendo el tiempo con algo que detestas y que se te da mal.

No pasa nada si dejas la carrera y cambias de rumbo, da igual lo lejos que estés

Yo empecé el primer semestre con una asignatura de economía porque cuando tenía 17 años leía a menudo las obras de Ayn Rand, y eso me convenció de que entender bien cómo funcionaba el capitalismo era necesario para comprender el mundo y para hacerme rico y poderoso. Enseguida descubrí que la economía dominante, que se enseñaba en las facultades de la mayoría de universidades canadienses justo antes de la Gran Recesión, se basaba, principalmente, en el cálculo de capital. La verdad es que esa asignatura no me enseñó nada que me hiciera abrir la mente. Además, ni me gustaba ni se me daba bien. Pero, aunque en todas las épocas de exámenes de cada semestre prefería morir antes que volver a escribir “Introducción al mercado laboral”, o lo que fuera que pidiesen, me negué a dejar la asignatura y a cambiarla por psicología, que me encantaba y no se me daba nada mal. Y es que yo tenía metido en la cabeza que tanto sufrimiento acabaría mereciendo la pena.

También me preocupaba el hecho de perder el tiempo haciendo algo nuevo después de haber invertido tantas horas, dinero y energía en la asignatura de economía (luego aprendí que esta desgracia que me tocó vivir se denomina “falacia de costes hundidos”), además de haber tenido que retrasar la graduación porque necesitaba un montón de aprobados para la estúpida asignatura.

Mi conclusión es que hagas lo que quieras. Esto no es una carrera, por lo que no existe ninguna línea de meta con trabajos para todo el mundo.

La educación no es sinónimo de inteligencia

Lógicamente, existe una correlación positiva entre ambos conceptos, pero nunca pienses que las notas de una persona reflejan su inteligencia. A muchas personas inteligentes, por toda una serie de razones, les cuesta sacar notas altas, mientras que algunos de los más empanados consiguen mejores resultados. También puede darse el caso que seas un “empollón inepto”, es decir, que te aprendes todo de memoria sin alimentar tu pensamiento crítico, que es el que hace posible que adquieras el verdadero conocimiento y el desarrollo intelectual. “La mente no es una vena que hay que llenar, sino un fuego que hay que alimentar”.

Existe, sin duda, una distinción importante entre ser un pensador crítico y un opositor imbécil. La educación te ayuda a comprender dicha distinción, pero obtener un título no significa que la hayas comprendido. Tenedlo en cuenta, idiotas.

Se decía,

Ve a clase, por el amor de Dios

Mira, hay muchas teorías sobre la asistencia a clase y la obtención de buenas notas. En la universidad, existe todo un reino de exploración personal donde llevas a cabo distintas actividades para descubrir tu lado más loco y saberlo llevar con orgullo. Entre estas actividades puede haber fiestas universitarias, partidos de fútbol que se convierten en oportunidades perfectas para derrotar a los que te caen mal, maratones de toda una noche escuchando rock horrible con tus compañeros de habitación, o pequeños trabajillos en la cantina de la universidad para poder emborracharte a la una de la tarde un martes, antes de irte a un sótano sucio a fumar marihuana y ver Kenny vs Spenny. Todas estas cosas son verdaderamente importantes para el desarrollo personal.

Pero ve a clase, por lo menos deberías asistir al 70-80% de ellas.

Cogerás escorbuto si no comes fruta ni verdura

Esto parece muy obvio para cualquiera que haya nacido después del siglo XVII, pero sigue sucediendo porque algunos de nosotros (sobre todo aquellos adolescentes que vivimos sin supervisión adulta) somos idiotas. Aprende a cocinar. Es vergonzoso cuando el médico tiene que recetarte zumo de naranja porque pensabas que solo con tomar dos paquetes de avena al día durante varias semanas sería una buena dieta para perder peso.

Toma apuntes a mano si puedes porque aprenderás mucho más

Yo me pasé 12 años en la universidad, primero como estudiante y luego como profesor, y ¿sabes qué? Los portátiles son, la mayoría, inútiles. Lleva una libreta a clase, toma apuntes, y haz borradores y redacciones a mano. Tu cerebro trabajará mejor. No pretendo comprender el mecanismo de éste, pero sé que así funciona mejor.

Haz tonterías, pero con cabeza

Cometer errores y hacer estupideces catastróficas es probablemente el método más efectivo para no ser una persona tan terrible, y los dos primeros años de universidad son la época “más segura” en la que puedes hacer experimentos que arruinen tu vida. La clave está en mantener los pies en la tierra cuando decides hacer el imbécil, así que explora nuevas experiencias sexuales, prueba alguna droga extraña para ver sus efectos, pero siempre controlando la dosis y asegurándote de que no tomas nada que lleve fentanil.

Y, sobre todo, disfruta de tu libertad, pues nunca más volverás a ser tan libre. (Y no, no podrás alargar tu libertad haciendo un máster, así que olvida esa tentación, si es lo que pretendías).

Por último,

No empieces una relación a distancia con tu mejor amiga de secundaria menos de dos meses antes de abandonar tu ciudad natal para empezar tu primer año universitario

Eso es algo que nunca sale bien.

Fuente: www.infobae.com

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