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«Las señales de alerta merecían ser escuchadas»: la carta de una docente del Jardín 922 tras la agresión a un directivo

El texto de una integrante de la comunidad educativa plantea que antes de la agresión física ya había miedo, angustia y pedidos de resguardo: «Esas también son formas de daño«.

Después de la agresión a una maestra en el Jardín 922 «Ara San Juan», en las últimas horas se viralizó una carta escrita por una integrante de la comunidad educativa en la que advirtió que antes del hecho físico ya existían señales de alarma, temor entre docentes y pedidos de resguardo. El texto puso el foco en el impacto psicológico que atravesó parte del personal antes de que el conflicto escalara.

El escrito está dirigido a las autoridades presentes y comienza con un pedido colectivo: «Hoy solicito la palabra no solamente por mí, sino por todas las personas que trabajamos en esta institución y que merecemos desempeñar nuestra tarea en un ámbito seguro».

En la carta, la autora afirma que la situación comenzó el 11 de mayo, durante una reunión en presencia del equipo directivo en la que «fui acusada de hechos discriminatorios y recibí expresiones que interpreté como intimidatoriashumillantes amenazantes«.

Según el texto, ese episodio tuvo consecuencias directas en su vida laboral y personal. «Lo que ocurrió ese día me generó una crisis de angustia que me impidió continuar desarrollando mis tareas con normalidad. Necesité licencias médicas, inicié tratamiento psicológico y hasta el día de hoy continúo atravesando las consecuencias de aquella situación«, señaló.

La difusión de la carta se dió días después de que gremios docentes convocaran a una marcha y reclamaran medidas de seguridad para las escuelas. En ese contexto, el escrito plantea que el miedo ya había sido expresado antes por más de una trabajadora de la institución.

«Desde el primer momento manifesté sentir miedo. No fui la única. Otras compañeras también expresaron preocupación por lo que estaba ocurriendo», indicó la carta. Luego agregó que, en distintas instancias, «se minimizó la gravedad de los hechos» y no se habrían dispuesto medidas especiales de resguardo.

La autora también describe una sensación creciente de vulnerabilidad mientras buscaba acompañamiento institucional. «Lo más difícil no fue solamente atravesar la situación, sino sentir que el miedo, la angustia y el daño psicológico que estaba padeciendo no eran suficientemente visibles para ser escuchados», sostuvo.

El pedido de resguardo para el personal

Uno de los puntos centrales del escrito es que la situación no habría sido un hecho aislado. Según la carta, la misma persona continuó impulsando conflictos y denuncias hacia otras docentes suplentes de la institución, lo que extendió la preocupación dentro del jardín.

«El temor dejó de ser individual para transformarse en una preocupación compartida por gran parte del personal», afirmó el texto. Y añadió: «Finalmente ocurrió lo que muchos temíamos que podía suceder: un hecho de violencia física hacia nuestro directivo».

En otro tramo, la autora aclaró que nadie podía prever con exactitud cómo iban a desarrollarse los acontecimientos, pero remarcó que existieron advertencias previas. «Hubo señales de alerta. Hubo docentes que manifestamos miedo. Hubo pedidos de acompañamiento. Hubo afectación psicológica. Hubo preocupación institucional. Y esas señales merecían ser escuchadas«, expresó.

La carta pidió que las situaciones de violencia no se aborden recién cuando el daño ya ocurrió. «Quiero hablar de la necesidad de construir mecanismos reales de prevención«, señaló el texto, que también solicitó medidas de resguardo «no solamente para mi persona en particular, sino para todo el personal».

En el cierre, la autora adviertió que la violencia psicológica también puede dejar consecuencias profundas. «Una agresión física deja marcas visibles. Pero una agresión psicológica también puede generar consecuencias profundas y duraderas«, planteó.

El texto agregó una enumeración del daño que, según la autora, también debe ser reconocido en el ámbito educativo: «El miedo, la angustia, la ansiedad, la pérdida de confianza, el estrés sostenido y el sentimiento de desprotección también son formas de daño«.

«No deberíamos esperar a que una situación termine en una agresión física para reconocer que existía un problema. Las docentes también somos personas. También sentimos miedo. También sufrimos las consecuencias de la violencia. Y cuando una trabajadora de la educación resulta afectada emocionalmente, no se perjudica únicamente ella: se resiente todo el entorno educativo y personal. Nuestra tarea se desarrolla frente a niños y niñas que necesitan adultos emocionalmente disponibles, estables y seguros para poder aprender, desarrollarse y sentirse contenidos. La salud mental de quienes educamos no es un tema secundario«, finalizó

Fuente: Mi8

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