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«Farmear aura»: la tendencia de la Generación Z que nació en los videojuegos y ahora se apodera de las calles

En «Tarde para Armar» con Maricel López, Miguel Ángel Forte, profesor de sociología en la Universidad de Buenos Aires, analizó el fenómeno que atraviesa actualmente a los más chicos: ‘farmear aura’

Los encuentros de «farmear aura» —donde grupos de adolescentes se juntan en plazas para competir con poses, gestos y acrobacias frente a un público que oficia de jurado— se multiplicaron en las últimas semanas en Mar del Plata y en distintas ciudades del país. Para entender de qué se trata, LU9 consultó al sociólogo Miguel Ángel Forte, profesor en la Universidad de Buenos Aires y en FLACSO, que enmarcó el fenómeno como una manifestación artística y como una respuesta a la crisis de pertenencia de la generación Z.

Forte sostuvo que lo más interesante de la tendencia es que los jóvenes «salen del celular» y compiten «cuerpo a cuerpo y cara a cara», en un gesto de sociabilidad que —dijo— reconstruye lazos sociales muy intensos. Al mismo tiempo, advirtió que se trata de una moda efímera, propia de un mundo vertiginoso: probablemente, planteó, en pocos días ya nadie hable de farmear aura y la conversación se corra hacia otro fenómeno.

Qué es farmear aura y por qué llegó a las plazas

El término combina dos universos. «Farmear» proviene de la jerga de los videojuegos, donde significa repetir acciones para acumular puntos o recursos; «aura», en el diccionario de las generaciones más jóvenes, alude a la presencia, el carisma o el estilo que una persona transmite. Comentarios como «+1000 de aura» o «perdió aura» trasladan esa lógica de puntaje a la vida cotidiana, en clave humorística.

La tendencia nació en TikTok y durante 2026 salió de las pantallas: en plazas y parques de la Argentina y de otros países de la región, los participantes se ubican en el centro de una ronda y despliegan poses, miradas, caminatas o acrobacias sin contacto físico. El público, con aplausos y gritos, define quién «farmeó» más aura. Mar del Plata figura entre las ciudades donde se realizaron estos encuentros, que luego se replicaron en Buenos Aires y en el resto del país.

«Es una expresión artística»: la destreza y quién define el arte

Consultado sobre la naturaleza del fenómeno, Forte fue categórico: dijo que «no le cabe la menor duda» de que se trata de «una expresión artística». Remarcó que muchos de los chicos que compiten dominan destrezas acrobáticas y mímicas dignas de mención, y que «no son improvisados»: estudian y ensayan lo que muestran en la plaza.

El sociólogo situó la discusión en una pregunta de fondo: quién define lo que es arte. Explicó que, desde el siglo XVIII, el primero que define a un artista como tal es el propio artista, y que recién después el sistema del arte convalida o no esa afirmación. Por eso, sostuvo, el artista siempre busca el aura, entendida como «la consagración, el carisma, el reconocimiento». Para ilustrarlo, recordó una frase que atribuyó al artista Federico Peralta Ramos: «la gente compra un cuadro porque no se puede llevar al artista a la casa».

El aura, de los santos a la plaza

Forte trazó una genealogía del concepto. Contó que el aura proviene del espacio religioso —la imagen de los santos rodeados por un halo— y que luego se trasladó al campo del arte. Precisó que, en la tradición católica, esa aura no se tiene: se conquista a través de las acciones, del mismo modo en que —dijo— los chicos hoy compiten para conquistarla en la plaza. El espacio «áurico», planteó, es el que saca a alguien de lo cotidiano y lo eleva a una dimensión distinta.

Para explicarlo, evocó el poema en prosa «La pérdida de la aureola», de Charles Baudelaire: la historia de un poeta que, al cruzar un bulevar de París entre la niebla y los carruajes, deja caer su aureola en el barro. Lejos de lamentarlo, el personaje concluye que puede seguir siendo poeta liberado del peso de serlo. Esa lectura, señaló Forte, fue rescatada por el pensador Walter Benjamin, quien estudió a Baudelaire y trabajó la idea de la pérdida del aura en la era de la reproducción técnica.

En esa misma línea, apuntó que el desarrollo tecnológico democratiza el arte. Recordó que la aparición de la cámara Kodak convirtió a cualquiera en fotógrafo y contrastó ese presente —»estamos todo el día con el celular en la mano sacando fotos»— con el ritual de antaño, cuando sacarse un retrato implicaba ir al estudio de un fotógrafo de prestigio, como el reconocido retratista Anatole Saderman, y pasar horas entre luces y poses. Forte agregó un dato que, dijo, le contó una joven de la comunidad LGBT: la idea de «conquistar aura» ya funcionaba tiempo atrás como competencia interna, con puntajes del estilo «tenés menos 1000 de aura».

Identidad, pertenencia y generación z

El eje de su análisis fue generacional. Forte describió a los protagonistas como pibes de la generación Z y ubicó el fenómeno en una época atravesada por el problema de la identidad y la pertenencia: «quién soy, a dónde pertenezco». Sostuvo que la idea de comunidad está «deteriorada y erosionada» y que prácticas como esta resultan útiles justamente por eso.

Lo valioso, insistió, es que los jóvenes dejan el celular y se encuentran en persona. Describió una dinámica de reconocimiento mutuo: cada uno se reconoce haciendo algo y buscando el aura, pero también mirando al otro que lo hace. Es —dijo— «una cosa de pertenencia y de lazo social muy linda, muy intensa». Aclaró, además, que la copia forma parte del juego, en sintonía con la lógica de los videojuegos de la que la tendencia toma su vocabulario.

El choque de generaciones y la posibilidad de llevarlo al aula

Ante la observación de que en muchos videos participan adultos e incluso personas mayores que se suman a la movida, Forte respondió que se trata de una época en la que la pertenencia se volvió casi central, como reacción a un tiempo de «mucho individualismo» y de «cortársela solo». Estas prácticas, dijo, ayudan a crear formas de comunidad y a construir lazos sociales.

Sobre si el fenómeno podría usarse en las aulas, el docente se mostró a favor: planteó que levantar lo que hacen los chicos, llevarlo a clase y trabajar con esos mismos elementos para crear identidades le parece «muy significativo e importante». Y aportó una ironía sobre el uso escolar del teléfono: si el gran problema es que los pibes no pueden dejar el celular en el aula, en el farmear aura, justamente, lo dejan.

Redes, pandemia y tecnología: la mirada de un «baby boomer»

Forte enmarcó todo esto en el impacto de las redes sociales y de la pandemia, a la que describió como «una experiencia muy dolorosa» que aisló a la sociedad y obligó a reconectar por otras vías. Recordó, como ejemplo, el día en que la facultad anunció por mail que las clases pasaban a ser virtuales.

Se definió como un «baby boomer» con una «ventaja comparativa»: la de pertenecer a una de las generaciones que más cambios observó y vivió, desde el teléfono de disco en adelante. Por eso, dijo, lo nuevo no lo sorprende demasiado. Aun así, deslizó una advertencia: el desarrollo tecnológico a veces es «demasiado exigente» y obliga a estar excesivamente pendiente, por lo que planteó la necesidad de «compatibilizar» la tecnología con otras formas de organización y de sociabilidad por fuera de las pantallas.

Fuente: LU9

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