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A un paso de la recesión: los números del INDEC desmienten el relato oficial de crecimiento

Aunque el discurso oficial celebre meses de expansión, los últimos datos oficiales confirman que la actividad productiva ya está cayendo

Hace apenas diez días, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) publicó la evolución del Producto Bruto Interno (PBI), arrojando un dato insoslayable para los mercados y la política económica: durante el segundo trimestre del año, la economía argentina cayó un 0,6%, arrastrada por un consumo privado que retrocedió un preocupante 2,1%. A esta señal de alerta se sumó, esta misma semana, el Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) correspondiente al mes de julio, el cual registró una contracción del 2,9%. Se trata de la mayor caída mensual desestacionalizada desde la parálisis provocada por la pandemia, acompañada de una baja del 1,4% en términos interanuales. Sin embargo, en el debate público persisten voces que sostienen que la economía mantiene un ciclo de crecimiento ininterrumpido. Para dirimir esta disonancia, es imperativo someter el diagnóstico al rigor de la contabilidad nacional.

Comprender con precisión quirúrgica en qué fase del ciclo económico nos encontramos es vital hoy mismo, porque un error de lectura induce a un sesgo directo en las decisiones del Estado y del sector privado. Para el hacedor de políticas públicas, la demora en captar el cambio de dirección de la economía —confundiendo un rebote sectorial o el arrastre del pasado con una expansión genuina— puede llevarlo a tomar medidas incorrectas o a reaccionar tarde ante una crisis. En un entorno donde el consumo privado ya muestra grietas severas, diagnosticar crecimiento donde hay contracción es el camino más rápido para transformar un bache de corto plazo en una recesión profunda.

El PBI y la refutación matemática de la expansión continua

En el análisis macroeconómico, el Producto Bruto Interno es la métrica universal y definitiva para cuantificar la producción total de bienes y servicios finales de un país. Al ser el indicador más amplio y exhaustivo de la matriz productiva, engloba la dinámica del consumo privado, el gasto público, la inversión de capital y el saldo del comercio exterior. Su variación porcentual entre períodos es el juez en última instancia que dictamina si una economía genera o destruye valor real.

El dato oficial de una caída del 0,6% para el segundo trimestre implica, sin eufemismos, que durante ese lapso temporal la economía se achicó. Se produjeron menos bienes y se prestaron menos servicios que en el trimestre inmediatamente anterior. Este solo dato empírico basta para desarticular la narrativa de los 28 meses de crecimiento o expansión consecutivos. Los números son concluyentes: en el segundo trimestre del año, la creación de riqueza a nivel agregado retrocedió.

El termómetro del corto plazo frente al espejo retrovisor

Ante el rezago natural en la publicación del PBI, los economistas nos apoyamos en el EMAE, un indicador que funciona como anticipo preciso de las Cuentas Nacionales. Al utilizar indicadores de alta frecuencia para estimar mensualmente la evolución de los sectores productivos, la trayectoria del EMAE a lo largo de un trimestre predice con bastante exactitud el resultado final del PBI. No obstante, la clave de su interpretación reside en distinguir qué nos dice cada una de sus tres formas de medición: la serie desestacionalizada, la variación interanual y la tendencia-ciclo.

En el análisis macroeconómico profesional, la métrica excluyente para evaluar qué está pasando en el corto plazo es la serie desestacionalizada. Esta metodología aísla y elimina los patrones estacionales recurrentes, permitiendo comparar los meses de forma homogénea. Es el monitor de la economía en el margen inmediato, el único capaz de indicarnos si hoy estamos mejor o peor que ayer.

Por su parte, la variación interanual (o serie original) mide lo sucedido en un mes contra el mismo mes del año anterior. Aunque es útil para evaluar cambios en una escala de 12 meses, su capacidad diagnóstica sobre el presente es limitada debido al «efecto base». Una economía que hace un año tocó un piso recesivo profundo puede arrojar hoy variaciones interanuales positivas por pura matemática, incluso si en el margen inmediato lleva seis meses cayendo.

Finalmente, encontramos la serie de tendencia-ciclo, diseñada exclusivamente para observar la trayectoria de mediano y largo plazo. Su cálculo aplica filtros que suavizan la volatilidad de la serie desestacionalizada. El costo de este suavizamiento es la generación de un fuerte rezago respecto al pasado. Utilizar la tendencia-ciclo para diagnosticar la coyuntura actual confunde el arrastre estadístico con la creación de valor real en el presente. Dependiendo de la inercia previa, una economía podría acumular entre tres y seis meses consecutivos de caídas reales —o incluso más, si la baja se da en forma de serrucho— antes de que la tendencia-ciclo comience a registrar un signo negativo.

Divergencia sectorial: el riesgo de una contracción asimétrica

Los datos puros del EMAE desestacionalizado exponen la gravedad del cuadro actual. En los últimos siete meses medidos, la economía cayó en cinco oportunidades (enero, febrero, abril, mayo y junio). En el acumulado del año, esta serie desestacionalizada evidencia una contracción del 4,1%.

El desplome del 2,9% en julio —el primer mes del tercer trimestre— no es un hecho aislado. Sumado a la caída ya registrada por el PBI en el segundo trimestre (0,6%), este shock deja a la economía argentina formalmente en las puertas de una recesión (caída del PBI en 2 trimestres consecutivos se considera recesión).

Si bien la cautela profesional exige esperar el desarrollo completo del trimestre ante eventuales reajustes del INDEC, los indicadores adelantados de agosto no habilitan el optimismo. Estamos presenciando una dinámica económica fuertemente dual. Por un lado, sectores de enclave ligados a la exportación, como la energía, la minería y el agro, continúan traccionando el promedio hacia arriba. Pero, por otro lado, sectores intensivos en mano de obra como la industria han profundizado su deterioro. Aún más sintomático es el comportamiento de la intermediación financiera (los bancos), que tras haber formado parte del liderazgo en el crecimiento en meses previos, exhibió una caída en julio, reflejando el enfriamiento generalizado de las transacciones y el crédito.

En síntesis, la economía no está creciendo. Así lo certifican los datos oficiales, que apuntan a que podríamos estar ingresando en una recesión al cierre del presente mes. Apelar a series estadísticas con rezago metodológico durante una fase contractiva puede resultar una herramienta útil como estrategia narrativa, pero carece de la rigurosidad que demanda el análisis macroeconómico serio. La correcta identificación de los puntos de inflexión en el ciclo exige evaluar invariablemente la dinámica a través de la serie desestacionalizada. Ignorar el corto plazo para cobijarse en el arrastre estadístico no solo distorsiona el diagnóstico sobre el verdadero estado de la economía, sino que compromete el futuro productivo del país.

Fuente: ámbito

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