En diálogo con «Ecos de Mañana», programa que se transmite de 7.30 a 9.30 horas por LU9 Mar del Plata, el padre Juan Andrés Rosso, quien trabaja en el territorio comprendido por los barrios Libertad, Virgen de Lujan y Malvinas Argentinas, entre otros, habló sobre la problemática de inseguridad y abandono del Estado.
Los barrios del oeste y noroeste de Mar del Plata conviven con la oscuridad, las calles rotas, los terrenos tomados y el avance del narcomenudeo sobre los más jóvenes. El diagnóstico lo hizo el padre Juan Andrés Rosso, párroco de Medalla Milagrosa, en diálogo con LU9, donde advirtió que los hechos de violencia que sacuden a la ciudad no pueden leerse como episodios aislados.
El sacerdote fue especialmente duro al describir qué pasa con los pibes de la zona. Contó que muchas veces ni siquiera puede sostener un acompañamiento en el tiempo porque los jóvenes desaparecen del barrio: «no en todos los casos duran mucho tiempo en el barrio», explicó, porque «se tienen que escapar de la ciudad», «terminan en el penal de Batán» o «terminan muertos».
Un territorio que se extiende hasta el límite urbano
Rosso aclaró que para la Iglesia una parroquia no es un espacio físico cerrado sino un territorio. En el caso de Medalla Milagrosa, ese territorio abarca los barrios Libertad, Malvinas, Los Tilos, Florentino Ameghino y Virgen de Luján, con alrededor de diez comunidades o capillas que intentan sostener el trabajo pastoral en cada sector.
El sacerdote, que es oriundo de la zona oeste y estuvo antes en Santa Clara del Mar, señaló que el trabajo en esos barrios no se limita a lo religioso: dijo que también van con la búsqueda de justicia para «un barrio, una manzana, una cuadra, un pasillo y una familia» que quiere tener una vida mejor.
Paradas oscuras, pozos y servicios que no llegan
Uno de los datos más concretos que aportó tiene que ver con la vida cotidiana. Rosso contó que hoy la gente se agrupa en las paradas de colectivo donde hay más luz y más comercios, y que se ubica «lo más junta posible», algo que no ocurría años atrás, cuando los vecinos podían esperar separados en las esquinas o en los terrenos baldíos.
A eso se suma el estado de las calles. El párroco enumeró arterias como 228, Beruti, Libertad, Constitución y Champagnat, y explicó que hay tramos por los que es muy difícil circular por la cantidad de pozos: por eso, dijo, muchas veces no pasa el camión de basura y a veces tampoco pasan los colectivos.
«La ciudad llega hasta 248», graficó, para describir un límite donde muchos terrenos están tomados y donde, directamente, «el agua tapa las casas».
Viviendas sin terminar y una zona de oscuridad total
Rosso apuntó también contra la falta de continuidad de las políticas de vivienda. Mencionó un bloque habitacional de la provincia que quedó sin terminar: de un proyecto de más de 300 unidades —»336″, estimó—, solo habrían quedado construidas alrededor de 96. Todo eso, sostuvo, «genera mucha precariedad».
El sector más crítico, según describió, es el que corresponde puramente al barrio Virgen de Luján, sobre 228: desde Libertad, y más aún desde Beruti hasta Constitución, hay «cuadras y cuadras de basura» y de pozos, en una zona de oscuridad «muy grande».
El sacerdote relató que a las 19, cuando todavía es de noche, recorrer esas calles genera temor: los montículos de tierra y los pozos generan sombras que las luces del vehículo no llegan a despejar, hay tapas de agua en el medio de la calzada y, a veces, una moto detenida a cien metros. «Genera mucha incertidumbre», admitió.
Aun así, remarcó que lo que sostiene el trabajo en la zona es la gente: dijo que si uno se queda en esos barrios es «por el esfuerzo» y «por el cariño que hay entre unos y otros», en lugares que todavía siguen en conformación y sin agua, sin luz y sin gas.
La droga, la presión del grupo y el miedo a pedir ayuda
Consultado sobre la situación de los jóvenes, Rosso fue directo: dijo que la droga los atraviesa desde la familia y desde los grupos de pertenencia, y que esa presión hace que muchos tengan miedo de que los vean acercarse a un sacerdote o a un pastor para intentar salir. Por eso, explicó, el acompañamiento termina siendo casi siempre «uno contra uno».
El párroco contó que las consultas se multiplican los fines de semana y los feriados, cuando llegan familias con hijos que reaparecen después de dos o tres días desaparecidos, sin saber dónde estuvieron ni qué les pasó. También señaló que existen grupos de alcohólicos anónimos y narcóticos anónimos, pero que quienes se acercan suelen buscarlos en otros barrios para no ser reconocidos.
Las que más hablan, dijo, son las familias: relatan años de convivencia con el consumo de uno, dos o tres hijos, con robos dentro de la propia casa, violencia familiar y un número incontable de intentos de recuperación.
El crimen del ferretero Ricardo Ruiz, a una cuadra de la parroquia
Rosso trazó una línea directa entre esa realidad y los hechos que conmocionan al resto de la ciudad. Recordó que la parroquia Medalla Milagrosa está en Maipú y 183, y que a una cuadra hacia Libertad fue asesinado el ferretero Ricardo Ruiz durante un robo.
Según el sacerdote, tanto quienes intentaron perpetrar ese robo fallido como la persona que lo mató provienen de los sectores periféricos de la ciudad. Y describió un patrón que, dijo, se repite: se trata de personas conocidas en el barrio, con familias enteras vinculadas a la misma actividad delictiva.
Edificios tomados y la sospecha de acuerdos
El párroco también se refirió al avance de la venta de droga sobre el territorio. Contó que los propios vecinos hablan de grupos de distintas nacionalidades, de «autopartistas» y, sobre todo, de los edificios que quedaron sin terminar y que fueron tomados. «Da cosa pasar», reconoció.
Rosso indicó que la sospecha de los vecinos crece cuando esos sectores quedan al margen de los operativos: dijo que se advierte que «el núcleo fuerte está ahí» cuando los pibes de ciertos lugares no aparecen en los procedimientos. Los vecinos, relató, hablan de acuerdos con autoridades de distintos fueros y señalan a personas que «manejan la zona» desde hace años. En esos edificios, describió, «entran jóvenes y salen jóvenes», y aclaró: «no es ni un almacén grande ni un supermercado».
«El cansancio y el miedo de los buenos»
Para el sacerdote, uno de los factores que más pesa es el desgaste de los vecinos que resisten. Dijo que lo que más afecta es «el cansancio y el miedo de los buenos», algo que se vuelve todavía más delicado cuando alguien teme por su propia seguridad o cuando lleva años luchando sin ver mejoras.
En barrios como Malvinas y Virgen de Luján, donde vive mucha gente jubilada y muchas familias, describió «una vida de lucha y de cansancio» en un contexto que empeora. «Hay gente a la que le tenemos que dar gracias por lo que intenta hacer, y mucho más no le podemos pedir», sostuvo.
Un llamado a no olvidar
Rosso cerró con un pedido de memoria y compromiso. Recordó que tras el crimen de Ricardo Ruiz hubo convocatorias con los medios el domingo y el lunes, oraciones y discursos sobre la importancia de sostener el recuerdo, pero advirtió: «hoy ya nos olvidamos».
Para el sacerdote, ese olvido termina silenciando historias y borrando la memoria de quienes sufrieron. Por eso llamó a comprometerse desde el lugar de cada uno: dijo que hay barrios donde es más fácil participar y generar acompañamiento, y planteó la pregunta que, entiende, debería hacerse cada vecino: «en mi pequeño lugar, en el espacio en donde estoy yo, cómo puedo colaborar».
Fuente: LU9






