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Mauricio Macri se obsesiona con la inflación y gana tiempo mientras arde Comodoro Py

Qué piensa el Presidente y por qué salió a reconocer el problema. La pelea por la agenda y la disputa Carrió-Bullrich.

El lunes todavía no había empezado a oscurecer en Buenos Aires, pero en un selecto restorán de Palermo los mozos ya pasaban con los primeros platos de sushi. Un funcionario macrista repasaba en el iPad de un asesor las imágenes que transmitía un canal de TV: Sergio Massa hablaba frente a la costa de Mar del Plata en un escenario 360 montado para que las cámaras apuntaran hacia el mar, bajo la consigna #HayAlternativa, rodeado de gobernadores y dirigentes que aspiran a romper la grieta.

“La puesta no está mal. Pero va a destiempo de la demanda de la sociedad. ¿Sabés cuánto duran estos golpes de efectos en la Argentina de hoy? En general duran poco, y cuando la gente no tiene la cabeza puesta en las elecciones, como ahora, duran nada”, decía el funcionario.

En la Casa Rosada están convencidos -en buena medida por la temperatura social que recogen de los trabajos de focus group- de que el argentino promedio sólo piensa en las urgencias cotidianas. Esas urgencias estarían en la otra punta de las elecciones presidenciales. La economía, en cambio, aparece al tope de las necesidades, incluso por encima de la inseguridad. Eso explica la caída en la imagen presidencial y la preocupación electoral que emana en todos los despachos oficiales.

Mauricio Macri, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Festejo y gestión, el viernes, durante los 60 años de Macri.

Mauricio Macri pareció asumirlo en público esta semana. Por primera vez reconoció lo difícil que resulta bajar la inflación. “Está costando más de lo que imaginé”, afirmó. Durante la campaña de 2015 había dicho que era fácil atacar ese flagelo. “No va a ser un tema, no va a ser un desafío”, declaró en aquel momento. El número oficial de 2018 fue escalofriante: 47,6%.

En la intimidad, dicen sus colaboradores, el Presidente es mucho más severo con la autocrítica. No es casual que haya ampliado el radio de consultas a economistas de distintas corrientes ni que tenga citas con operadores políticos que no siempre le dicen lo que él quiere escuchar. Tampoco, que esté más incisivo con Nicolás Dujovne y su equipo. ¿Preparará algún cambio de nombres si es reelecto? De a ratos, Macri se plantea qué haría frente a un eventual segundo mandato. Lo arrebatan impulsos. “Tendríamos que haber ido más rápido. Yo les decía”, ha dicho ante ministros.

“A Mauricio lo obsesiona la inflación. Está como cuando llegó: es un tema recurrente. Si no se baja la inflación, cree que no hay destino. Pero está seguro de que este año va a bajar bastante”, dice uno de sus hombres más cercanos. Macri, en general, se refiere al país cuando sostiene que sin bajar la inflación no hay futuro, pero algunos creen que bien podría asociarse la frase a su propia carrera política.

Al macrismo le gusta exhibir tendencias. Aspira a llegar a la etapa caliente de la campaña con el índice de precios tirando a la baja. Esto es: poder mostrar que todos los meses baja un poco, por mínimo que sea. Por eso la decisión política fue anunciar los ajustes de tarifas todos juntos y para los primeros meses del año. No es algo nuevo, en rigor. Ya buscaron hacerlo el año pasado y no resultó porque sobrevino la crisis cambiaria. Macri quiere creer que en 2019 no habrá sorpresas. Guido Sandleris, el jefe del Banco Central, trabaja bajo la consigna de que no hay lugar para ningún sobresalto.

El ala política del Ejecutivo lo admite: una corrida fuerte dejaría al Presidente a un paso del nocaut electoral. Las reservas, el riesgo país y la cotización del dólar son asuntos que Macri monitorea mucho más de cerca que hace un año. Es que, aunque parezca ciencia ficción, en febrero pasado la economía crecía y la política discutía en quién estaba pensando Macri para dejar en 2023. Las encuestas lo daban como claro ganador para 2019. Hoy ningún encuestador lo da por arriba de los 35 puntos.

A Macri lo ayuda que ningún opositor cosecha más adhesiones que él. Pero también lo ayudan las noticias judiciales. Esta semana, como ninguna otra en los últimos meses -lo que es mucho decir- Comodoro Py volvió a eclipsar la agenda. Durante 72 horas los tribunales fueron un hervidero.

El miércoles, el juez Claudio Bonadio citó a declarar por tercera vez a Cristina Kirchner. También, a otros cien imputados por la causa de los cuadernos de las coimas, entre ellos a Angelo Calcaterra -primo de Macri-, al empresario Carlos Wagner -responsable de la Cámara de la Construcción- y al detenido Cristóbal López. La noticia tenía todos los condimentos para que nada pudiera desplazarla por un buen tiempo. Duró un suspiro.

Carolina Pochetti, viuda del secretario de Néstor Kirchner Daniel Muñoz, ingresando detenida a los Tribunales Comodoro Py.

Al otro día, Carolina Pochetti -viuda de Daniel Muñoz, el secretario de Néstor Kirchner- declaró que el juez Luis Rodríguez le cobró un soborno millonario en dólares para beneficiarla en una causa. Ese mismo día, el Tribunal Oral Federal 4 ordenó la detención de Martín Báez, el hijo de Lázaro, el empresario socio del matrimonio Kirchner. Y Bonadio avanzó con otro caso resonante: el procesamiento de 92 intendentes por supuesto fraude con fondos públicos; un tercio pertenecen a la provincia de Buenos Aires, donde se librará la principal batalla electoral de este año.

El viernes fue otro día intensísimo en Comodoro Py. Víctor Manzanares, el contador de los Kirchner, declaró durante 11 horas y contó que Muñoz le llevaba valijas con plata a la casa de la madre de Kirchner en el Sur. También el viernes, el fiscal Carlos Stornelli fue denunciado por un empresario, que lo acusa de haberlo extorsionarlo por una suma cercana a los 300 mil dólares.

“Con sus bemoles, la Justicia está funcionando”, dicen en la mesa judicial del Gobierno. Creen que, aun con las sustancias tóxicas que por momentos despiden ciertos despachos de jueces y fiscales, la sociedad entiende que ahora hay un avance que hubiera sido impensado con una administración kirchnerista y que, pese a las dificultades, se está dando una renovación. Citan como ejemplo el nombramiento de 255 jueces durante la gestión.

Cristina Kirchner deberá volver a declarar en Tribunales.

Los cruces judiciales, pero sobre todo la tormenta perfecta que empieza a cerrarse sobre Cristina, caen como un bálsamo frente a los ojos de los estrategas de campaña del oficialismo. Porque además de ayudarlos electoralmente son una cortina de distracción para ganar tiempo. Ya se contó hace una semana en Clarín que Marcos Peña y Jaime Durán Barba diseñan una campaña “lo más corta posible”. La ilusión es llegar a octubre con algún resultado económico para mostrar. Nada revelador. Ningún rebote que permita hacer de la economía un eje de campaña. “Eso sería suicida después del 2018 que tuvimos”, asumen.

Lo otro que procuran es que no haya disputas internas. “Todos juntos y unidos”, repiten. En ese punto, preocupa especialmente una grieta. Elisa Carrió viene chicaneando seguido a Patricia Bullrich. Esta semana fue sarcástica: “Patricia se cree Bolsonaro”, dijo. Antes de irse de vacaciones, Peña le pidió a la ministra que llamara a Lilita. Tal vez, una breve charla bastaba para la reconciliación. En general, cuando el jefe de Gabinete hace un pedido de esa naturaleza, los ministros acceden. Pero Bullrich no tiene pensado levantar el teléfono. Carrió nunca fue una mujer dócil. Bullrich tampoco.

Fuente: Clarin

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