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Cerebros en construcción: por qué regular el uso de redes sociales en menores no es censura, sino neuro protección

Por Dr. Gustavo de Elorza Feldborg Especializado en tecnologías emergentes

En las trincheras invisibles del siglo XXI, donde las notificaciones suenan más fuerte que la voz de un docente y donde los estados de WhatsApp tienen más peso que un estado mental auténtico, se libra una batalla silenciosa: la del cerebro adolescente contra los algoritmos del scroll infinito.


Muchos adultos miran con resignación el celular en manos de sus hijos, como si fuera inevitable. Pero lo que está en juego no es el tiempo de pantalla. Es la arquitectura de una mente en formación. La pregunta ya no es si hay que regular las redes sociales en menores de 13 años, sino por qué tardamos tanto en hacerlo.

1. El secuestro dopaminérgico: una mente entrenada para la gratificación inmediata

Cada like es una microdosis de dopamina. Cada reel, un shot de placer breve. Cada notificación, una promesa de pertenencia. Pero el cerebro adolescente aún no sabe diferenciar entre el deseo y el valor.

La recompensa se vuelve regla, no excepción. Así, miles de chicos aprenden —sin saberlo— que lo valioso es lo que llega rápido, no lo que se construye con tiempo. La consecuencia es estructural: baja tolerancia a la espera, irritabilidad crónica y ansiedad si el estímulo no aparece. El problema no es el placer digital, sino la incapacidad de procesar el vacío entre uno y otro.

2. El juicio secuestrado: decisiones sin freno en una autopista sin barandas

La corteza prefrontal, esa región del cerebro que regula el juicio, el autocontrol y la toma de decisiones, no está desarrollada a los 13 años.
Las redes sociales, por el contrario, están perfectamente diseñadas para aprovechar cada grieta de esa inmadurez.

El resultado: decisiones impulsivas, sobreexposición, comentarios sin filtro, viralizaciones que no se pueden deshacer.
No es falta de criterio. Es neurodesarrollo en fase beta. Y dejarlo solo en un entorno así es como darle el volante de un auto a un niño y soltarlo en la autopista del algoritmo.

3. La atención deshilachada: pensar ya no es sostener, sino saltar

Cada historia dura 15 segundos. Cada TikTok apenas más. Cada swipe es un entrenamiento para el olvido.

El cerebro, como todo órgano plástico, aprende lo que repite. Y hoy repite interrupción tras interrupción. El resultado no es simple “distracción”: es la desconfiguración del pensamiento profundo, la pérdida de la atención sostenida, el desentrenamiento de la reflexión.

Pensar con continuidad será, en pocos años, un acto revolucionario.

4. Identidades algorítmicas: cuando el “yo” depende de una métrica

La adolescencia es el tiempo de preguntarse quién soy. Pero en las redes, esa pregunta no se responde hacia adentro, sino hacia afuera. Los adolescentes hoy determinan quienes son por sus validaciones y ecos de sus publicaciones, es decir cuántos seguidores y cuantos me gusta obtienen de lo que hacen público.

Así nace una identidad externalizada, validada por algoritmos y sometida al juicio de una audiencia invisible. Ya no importa ser, sino parecer.
El “yo” se vuelve editable, performático, ansioso por encajar en una estética global. Y se debilita la posibilidad de narrarse desde la singularidad.

5. Mentes conectadas, emociones solas

Las redes prometen conexión, pero ponen en escena un gran simulacro.
Lo que parece pertenencia muchas veces es solo una observación mutua sin afecto, comparación sin consuelo, ansiedad sin contención y este es el verdadero peligro.

La presión de estar a una altura ficticia, de no quedar afuera, de parecer feliz, exitoso, atractivo, genera un ecosistema emocional envenenado de mentiras que el cerebro no puede distinguir en lo inmediato.
El efectoconocido como FOMO, produce en las personas ansiedad, trastornos de imagen corporal, insatisfacción crónica. Un combo tóxico para un cerebro que apenas empieza a reconocerse se reconfigure en una neuroplasticidad negativa.

¿Entonces hay que prohibir las redes?

No se trata de censura. Se trata de protección cognitiva y afectiva.
Prohibir el uso de redes en menores de 13 no es un capricho ni un retroceso. Es un acto ético basado en neurociencia, pedagogía y sentido común.

Las grandes plataformas lo saben. Por eso intentan suavizar sus términos, ofrecer controles parentales, maquillar algoritmos. Pero mientras tanto, el negocio del tiempo de atención sigue su curso, y el cerebro de nuestros chicos paga la factura.

La salida no es un candado, sino un puente

Regular no es castigar. Es cuidar.
Es tiempo de diseñar ecosistemas digitales que entiendan cómo aprende un cerebro que aprende.
De enseñar estados mentales, alfabetización algorítmica, y construir puentes cognitivos entre el yo biológico y las plataformas digitales.

Porque si no educamos con urgencia, la red no será una herramienta para construir futuro, sino una trampa que lo devore.

En tiempos de la Sociedad Algorítmica Cognitiva, la infancia y la adolescencia no pueden estar a la intemperie digital. Regular es pensar. Proteger es decidir.

¿Lo haremos a tiempo?

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