Testimonios de personas que trabajaron años en relación de dependencia en un mismo lugar y tuvieron que reinventarse. La suba de la desocupación, según el INDEC, está acompañada por un aumento de la informalidad. El crecimiento de las aplicaciones de transporte y reparto lo vuelven más notorio que en otras épocas.
“Somos parias, la única posibilidad que te dan es ir a trabajar de Uber. No podemos trabajar todos de Uber”.
Roberto “Cabezón” Ambrosio tiene 56 años y le faltan, por lo menos, nueve para jubilarse. Desde que salió de la secundaria trabajó en fábricas y en los últimos 23 años estuvo en la planta de neumáticos FATE, en Buenos Aires, cuyo cierre fue anunciado en febrero y hoy se encuentra en el limbo de una conciliación obligatoria sin salida a la vista, sin producción y sin pago de sueldos.
Ambrosio se desempeñaba en el área de terminación final, donde realizaba ensayos técnicos a las cubiertas antes de que salieran al mercado. Hasta diciembre, la planta funcionaba las 24 horas. En su turno eran unas treinta personas, en su mayoría mayores de 50 años.
“Trabajé toda mi vida, no paré nunca. A esta edad, prácticamente estamos fuera del mercado laboral. Lo único que sé hacer es trabajo de fábrica, que es lo que hice toda mi vida. Y hoy, las posibilidades de encontrar trabajo de fábrica son cero”, cuenta. “No tengo ninguna posibilidad”, agrega.
Eduardo Agustín Vargas vive en Río Grande, Tierra del Fuego. Le gusta recordar que más sabe el diablo por viejo que por diablo y cuenta que, a fines del año pasado, cuando llegaron las vacaciones, presintió algo y por eso no quiso dejar la provincia durante el mes de descanso. La fábrica de aires acondicionados en la que trabajaba debía reabrir a fines de enero luego de unas “mejoras” estructurales. Luego se informó que reabriría en febrero. La siguiente fecha de supuesta reapertura fue marzo. La fábrica no volvió a funcionar, pero Vargas no recibió telegrama de despido.
Tiene 63 años y podría jubilarse en dos años, perono quiere ser “una carga” para nadie durante esos posibles dos años sin paga. Dice que es un “viejo caprichoso”, porque quiere jubilarse trabajando, no forzado: quiere seguir levantándose a las 4.30 de la mañana para desayunar sin apuro, escuchando la radio y llegar caminando a la fábrica, sin falta, media hora antes de que arranque su turno. Dice que su ciudad, de unos 100.000 habitantes, ya está “superpoblada” de choferes de aplicación; que conoce excompañeros que trabajan 10 horas para sacar 30.000 pesos y a veces van hasta Ushuaia para intentar encontrar más pasajeros.
El empleo, fundamentalmente el temor a perderlo y no poder encontrar uno nuevo, crece fuerte en el ranking de preocupaciones, o al menos así lo señalan encuestas recientes. En los últimos días, el INDEC informó que la desocupación llegó al 7,5% de la población económicamente activa al cierre de 2025, lo que representó un incremento de 1,1 puntos porcentuales respecto del mismo período del año anterior, en un contexto de marcada caída en la actividad de algunos sectores industriales de mano de obra intensiva. El proceso está acompañado por un aumento de la informalidad y, sobre todo, por un crecimiento del “cuentapropismo”, lo que no sería un fenómeno nuevo en la Argentina, pero el crecimiento de las aplicaciones de transporte y reparto lo vuelven más notorio que en otras épocas.
El “fenómeno” cuentapropista
Lorenzo Sigaut Gravina, director de Análisis Macroeconómico de Equilibra, analiza los recientes datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC y afirma que el panorama es bastante claro: existe una destrucción de empleo de calidad y un “desacople” entre el crecimiento general de la actividad y la creación de puestos de trabajo. La economía crece, pero el empleo o la ocupación general no crece o cae.
En lo que refiere a los asalariados, la caída es marcada. Sigaut señala que el “empleo de calidad” (el asalariado privado formal) retrocedió un 2,9% en dos años. Por su parte, los asalariados no registrados (informales) también muestran una caída, pero del 1,7% entre el último trimestre de 2023 y el último de 2025. En cambio, el grupo de los no asalariados o cuentapropistas es el que crece: los cuentapropistas formales aumentaron un 6% entre fines de 2023 y 2025, mientras que el informal subió un 10,1%.
“El cuentapropismo está creciendo en la Argentina. Se destruyó empleo asalariado, pero se creó empleo no asalariado o cuentapropista. Es cierto, no equilibra la balanza, pero la caída del empleo asalariado se compensa un poco por el lado del rebusque. El ejemplo podría ser: trabajaba en una fábrica o en la construcción, me dan una indemnización y con eso me compro el auto, y con el auto me pongo a trabajar”, afirma.
El economista sostiene que este movimiento responde a una lógica de “escalera”: el que es asalariado privado formal quizás pase a un cuentapropismo formal, mientras que el asalariado no registrado termina en la informalidad. “En cualquier caso, hay una pérdida, una degradación. La economía puede estar más o menos con los mismos niveles de ocupación que a fines de 2023, pero a nivel de familias es mucho peor. Hay una caída importante de la calidad, no es lo mismo en términos de ingresos. Una familia que antes tenía un empleo asalariado privado formal (en una empresa, con descuentos jubilatorios, vacaciones, prepaga, obra social, aguinaldo) ahora tiene un monotributo”, explica.
Luis Beccaria es licenciado en Economía por la Universidad de Buenos Aires, doctor por la Universidad de Cambridge, exdirector del INDEC y actualmente docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). Señala que, en economías con alta informalidad como la argentina -el 43% de los ocupados son informales y el porcentaje sigue creciendo-, el cuentapropismo funcionó históricamente como un mecanismo de ajuste del mercado laboral.
En ese sentido, no se trata de un fenómeno inédito, aunque la novedad está en el surgimiento de aplicaciones que concentran gran parte del nuevo trabajo cuentapropista, el fácil acceso y la rapidez para empezar a trabajar.
“No es novedoso. Pasó después del golpe, pasó en los 80, en los 90, pasaron los ‘parripollos’, las canchas de pádel. Aumentó el cuentapropismo, pero la gente tenía ciertos recursos por las indemnizaciones, pudieron armar algunos ‘negocios’. Duró lo que duró; después había más canchas de pádel por metro cuadrado que en cualquier lugar del mundo”, advierte.
“Lo nuevo es el discurso de que ahora cualquier persona que se quede sin trabajo maneja un auto, agarra la bicicleta o se pone en la casa con una computadora y se acabó la desocupación. Si efectivamente alguien entiende que esto soluciona el problema de empleo, está en un error. La realidad es bastante más compleja. No es sumar y restar, no es que baja el empleo y sube el cuentapropismo en la misma proporción. También está el joven que entra al mercado de trabajo y no encuentra. O mucha gente que usa las aplicaciones como segunda ocupación, para completar un salario. Y va a ser así mientras rinda. El tema es más complejo”, agrega.
Cuando Beccaria menciona los “parripollos”, las canchas de pádel y la posterior caída de la mayoría de esos negocios, sugiere, como también lo señala Sigaut, una idea de “saturación”, el límite de un mercado que no es infinito: si la oferta de trabajadores desbordara la demanda del servicio, el refugio dejaría de funcionar como tal.
El mercado de trabajo, en ese sentido, no podría seguir ajustándose indefinidamente con Uber, Cabify, Rappi o Pedidos Ya, lo que Sigaut llama “changas 2.0”. Y esta saturación ya explicaría por qué el precio de los viajes, si no viene cayendo, al menos su aumento está muy lejos de acompañar la inflación, o por qué, según vienen manifestando trabajadores de las distintas aplicaciones, cada vez deben trabajar más horas para que les rinda lo mismo que hace unos años.
A los 67 años, Omar nunca imaginó que su vida laboral daría un giro tan abrupto. Durante décadas trabajó en el área de cobranzas de una agencia de seguros, creciendo paso a paso hasta alcanzar el cargo de jefe en una compañía donde tenía estabilidad y un buen sueldo. Sin embargo, el cierre de la empresa lo dejó sin trabajo de un día para el otro. Intentó reacomodarse a través de contactos —incluso un amigo le ofreció una oportunidad en una productora— pero ese proyecto también terminó en fracaso. “Al principio fue con mucha depresión. Sufrí bastante la falta de trabajo”, recuerda, todavía conmovido por ese momento que marcó un quiebre en su vida.Desesperado y con miedo a no poder sostener sus gastos, tomó una decisión que nunca había estado en sus planes: vender su auto. Pero un episodio inesperado cambió el rumbo.
Tras un cruce con un taxi en la calle, pensó en aprovechar su registro profesional —que tenía desde hacía más de 20 años— y probar suerte al volante. Así comenzó a trabajar en el sector. La experiencia, sin embargo, estuvo lejos de ser la que esperaba. “Fue bastante deprimente para mí. Tenía aspiraciones, ideas, y de repente se me cortó todo”, admite. El impacto no fue solo económico: también afectó su vida personal, incluso su matrimonio.
Con la llegada de la pandemia y la cuarentena, la situación se volvió aún más difícil. “Era salir a hacer miserias en la calle”, describe. En ese contexto aparecieron las aplicaciones de transporte, que le ofrecieron una nueva alternativa. Aunque implicaban adaptarse a otra forma de trabajo, Omar no dudó en incorporarlas. Hoy, ya jubilado desde hace tres años, sigue manejando para poder subsistir: “No se puede vivir de una jubilación”. Lejos de resignarse, incluso evalúa reinventarse una vez más y realizar un curso como productor de seguros. “Los años ya los tengo, pero la resignación todavía no me llegó”, asegura.
“No podemos trabajar todos de Uber”
“No podemos trabajar todos de Uber”, dice, entonces, Roberto “Cabezón” Ambrosio, en la planta de FATE, donde mantiene la presencia junto a compañeros, entre ollas populares, festivales y encuentros con vecinos, con la esperanza de que la fábrica -que, según afirma, tiene todo lo necesario para producir- vuelva a funcionar. “Tengo compañeros que ya están trabajando de Uber. Agarran viajes de 2800 pesos. El arreglo de un auto por cualquier cosa te sale 400.000 pesos. ¿Cuántos viajes tenés que hacer para arreglar el auto? Son trabajos temporarios y es pan para hoy y hambre para mañana”, sostiene.
Ambrosio está casado con una maestra de grado y tiene un hijo de 18 años que está empezando la facultad. “Yo empecé a trabajar a los 17 años, en la metalurgia. Hace 23 años salí a buscar trabajo, entré a FATE caminando con el currículum de papel en la mano, como era antes, y me llamaron. Los mejores años de mi vida los dejé acá, en esta fábrica. Es un trabajo pesado: se trabaja con altas temperaturas todo el año, laburamos los fines de semana, una semana en cada turno -mañana, tarde y noche-, con francos entre semana. Somos operarios jerarquizados, lleva mucho tiempo aprender. A un pibe de 20 años le pueden decir que ahora aprenda otra cosa, que empiece otra cosa; a mi edad ya es muy difícil. Yo lo único que sé hacer es trabajo de fábrica y mientras cierran 20.000 industrias tengo que salir a buscar algo que no existe”, agrega.
Unos 2300 kilómetros al sur, en Río Grande, los trabajadores de Aires del Sur también se turnan en distintos horarios para hacer presencia ante la fábrica de aires acondicionados que dejó de funcionar en diciembre. Eduardo Vargas es uno de esos operarios. Trabaja allí desde 2009. Llegó a la isla a los 18 años como miembro de la Armada, se enamoró de la ciudad, más tarde pidió la baja y se quedó trabajando en distintas industrias desde entonces. No es la primera vez que atraviesa una situación difícil: en 2001 también se quedó sin empleo con otros 100 compañeros cuando la fábrica en la que estaba entonces entró en proceso preventivo de crisis. Hoy tiene 63 años, tres hijas y ocho nietos, todos en la provincia. Y una esposa docente (“la patrona”) que le pide que no se preocupe tanto.
“¿Cómo no me voy a preocupar? Siempre traje el mango a casa y ahora sentirme así…, una carga. Es difícil”, se lamenta. Cuenta que va a iniciar los trámites de la jubilación en abril. Que, como no está despedido, no cobra indemnización, pero tampoco sueldo, ni tiene la obra social cubierta, aunque llamó y se la mantendrían al menos por un tiempo. No ve como opción volverse chofer de aplicación, pero entiende a otros compañeros de fábrica que ya lo hacen, porque no todos tienen quien los apoye o porque no están cerca de jubilarse o porque saben que es difícil encontrar el trabajo que venían haciendo. Asegura que no le gusta hablar de emociones, pero llora más de una vez cuando piensa en lo que ve en su provincia.
“Es como una moda… poner el candado de un día para el otro y dejar a toda la gente afuera. Uno mira alrededor y no hay nada. Es una moda muy cruel, que ojalá pase pronto. Pero, por lo que uno escucha, por lo que uno ve… no parece que vaya a pasar pronto. Parece que se va a quedar mucho tiempo. Hay que estar preparado, pero ¿cómo te preparás para esto? Lo mío son dos años, que pueden ser dos días. Pero me hace mal ver… veo a la juventud y ‘me hago el bocho’ pensando qué les espera acá a ellos, a mis hijas, a mis nietos”, cierra Vargas.
Fuente: TN






